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Diálogo

Identificar los presupuestos: los fundamentos del diálogo filosófico

Nuestros discursos descansan en presupuestos que casi nunca cuestionamos. Este artículo muestra por qué, sin ese trabajo, argumentar u objetar suele reducirse a reforzar nuestras creencias; cómo identificar los distintos tipos de presupuestos; y cómo el enfoque genealógico de Nietzsche permite liberarse de ellos, para conocerse y dialogar mejor.

Identificar los presupuestos: los fundamentos del diálogo filosófico

El análisis de los presupuestos: una habilidad de pensamiento fundamental

Nuestros discursos, nuestras interacciones cotidianas, pero también nuestras percepciones y decisiones, están orientados por presupuestos, a su vez moldeados por creencias. Por lo general no los cuestionamos; ni siquiera somos conscientes de ellos, tan evidentes nos parecen.

Sin embargo, sin esta capacidad de tomar distancia de nuestros presupuestos, ¿podríamos realmente filosofar?

Si no nos tomamos el tiempo de examinarlos, cuando ejercemos otras habilidades de pensamiento como argumentar, objetar, conceptualizar o investigar, corremos el riesgo de limitarnos a reforzar nuestras creencias, lo cual no es filosofar.

Creemos, por ejemplo, que argumentamos, pero no hacemos más que justificar opiniones que ya teníamos, reforzando así nuestras creencias en lugar de cuestionarlas. E incluso cuando criticamos u objetamos, corremos el riesgo de quedarnos encerrados dentro de un mismo paradigma, de un mismo marco de pensamiento.

Escrutar los presupuestos permite examinar las creencias implícitas que subyacen a los discursos y los juicios.

Siguiendo a Nietzsche y su enfoque genealógico, podemos comprender cómo se formaron esos presupuestos, cuáles son sus fundamentos históricos y culturales, cuál es su razón de ser, qué valores los orientan y cómo influyen en nuestra manera de ver el mundo. Esta toma de conciencia puede permitirnos liberarnos de ideas preconcebidas y de valores heredados, y ofrecernos así la posibilidad de pensar de forma más autónoma y creativa. Al explorar nuestros presupuestos, descubriremos cómo esas creencias implícitas influyen en nuestra comprensión del mundo y en nuestra manera de actuar.

Además, estaremos en mejores condiciones de dialogar, porque podremos comprender las razones que producen los malentendidos. Es posible que la persona con la que dialogamos no tenga los mismos presupuestos que nosotros. Así, en lugar de objetar rápidamente, como ocurre a menudo cuando nos limitamos a reaccionar, podemos preguntar al otro por sus presupuestos. También podemos preguntarnos: si yo tuviera ese presupuesto, quizá estaría de acuerdo con él o con ella. ¿Es su presupuesto lo que discuto? ¿O la conclusión que saca de él?

En las líneas que siguen examinaré el papel del taller de práctica filosófica en la toma de conciencia de nuestros propios presupuestos, y cómo este enfoque puede ayudarnos a conocernos mejor, a dialogar de forma más lúcida y a ampliar nuestras perspectivas.

Identificar los presupuestos

A menos que sea totalmente incoherente, un discurso tiene siempre una forma de unidad. Transmite una intención, orientada a su vez por un conjunto de presupuestos ligados a creencias, funcionamientos, expectativas, necesidades y miedos. Sin duda es una de las razones por las que a veces se puede reconocer al autor de un discurso: lo que dice se basa en un conjunto de presupuestos que le conocemos y que reconocemos en sus palabras. En una frase o un discurso se pueden identificar distintos tipos de presupuestos y, según el caso, el ejercicio exigirá un trabajo de interpretación más o menos profundo y más o menos hipotético.

Tipos de presupuestos

  • Deducciones lógicas: lo que puede deducirse lógicamente de una frase.
  • Creencias/opiniones: los pensamientos específicos de quien habla.
  • Dificultades: los obstáculos que encuentra una persona y que se desprenden de su afirmación o de su pregunta.
  • Intención: una inclinación que lleva a la persona a hacer una pregunta o a tomar posición.
  • Estado: el estado mental de quien habla o su manera de ser.
  • Paradigma: una tendencia general o una visión del mundo.

Por ejemplo, la frase «no hay que tener miedo a la felicidad» presupone que:

  • Deducción lógica (a partir de la construcción gramatical de la frase): la felicidad puede dar miedo.
  • Creencias/opiniones: el miedo es negativo; es posible evitarlo con un esfuerzo de voluntad.
  • Dificultad: a quien dice esto le cuesta (o piensa que a otros les cuesta) alegrarse de los momentos de felicidad.
  • Intención: la persona quiere dominar sus emociones.
  • Estado: la persona está ansiosa y quiere mantener el control, puesto que no quiere tener miedo. Pero ha constatado que la felicidad puede dar miedo (probablemente porque dejarse llevar puede dar la sensación de perder el control).
  • Paradigma: psicológico/existencial.

Tomemos al azar un artículo de periódico. Este es un titular del diario francés Le Monde del 31 de marzo de 2024, que recoge una cita de las personas entrevistadas: Los animales de granja en miniatura, cada vez más populares: «Son más pequeños, más prácticos, ocupan menos sitio, comen menos».

Este simple titular contiene numerosos presupuestos, entre ellos: «los animales pueden ser populares», «es posible seleccionar animales para un uso de ocio», «un animal no debe ocupar demasiado sitio», «el tamaño de un animal puede ser práctico o, al contrario, incómodo». Pero también podemos interpretar en este titular que las personas citadas probablemente piensan que los animales no deben molestarlas con un tamaño voluminoso, que deben servir de peluches vivientes, que lo pequeño es mono y lo mono es deseable. A la inversa, entendemos que les cuesta lo que es voluminoso, exige cuidados y paciencia y cuesta dinero. Esto parece revelador de una relación consumista con los seres vivos, de una necesidad de «cocooning», de un deseo de posesión. Las personas entrevistadas tienen una relación más bien eudemonista con el mundo: buscan una felicidad tranquila y cómoda antes de preocuparse por consideraciones morales, metafísicas o existenciales. ¿Quizá necesiten tranquilizarse con animales pequeños y monos? Pero si necesitan tranquilizarse, ¿qué temen entonces? (Por supuesto, estas preguntas contienen a su vez presupuestos cuya validez se podrá cuestionar).

En cualquier caso, las personas entrevistadas en el artículo no se preguntan si pueden usar a los animales a su antojo, ni si rodearse de animales pequeños no oculta objetivos más importantes en la existencia. Su elección de adoptar esos animales quizá no sea absurda, pero es poco probable que se hayan tomado el tiempo de cuestionar sus presupuestos. La mayoría de las veces se habrán limitado a obedecer a un antojo, a una moda cuyos fundamentos no han examinado.

Tomar distancia de nuestros esquemas de pensamiento

El análisis de los presupuestos de este titular permite sacar a la luz una determinada visión del mundo, una determinada relación con las cosas y, en este caso, con los seres vivos. El trabajo de descifrar los presupuestos permite, pues, comprender no solo el sentido de un discurso, sino también el ser de quien o quienes lo emiten.

La mayor parte del tiempo, cuando hablamos o escribimos, nos creemos totalmente libres de decir lo que decimos o de escribir lo que escribimos. Pero con Spinoza podríamos pensar que nos creemos libres porque ignoramos las causas que nos determinan. En realidad, la mayor parte del tiempo no somos conscientes de la naturaleza de nuestro discurso. Creemos que hablamos libremente, pero sin saber por qué nos limitamos a expresar un sentimiento, unas ganas de decir lo que se nos pasa por la cabeza, de defendernos, de justificarnos. Es más raro que, antes de tomar la palabra, nos tomemos el tiempo de preguntarnos por qué queremos hacerlo. Por lo general no sabemos realmente desde dónde hablamos ni somos conscientes de los presupuestos que subyacen a nuestro discurso. No sabemos si desciframos el mundo a través de una visión moral, estética, hedonista, científica, pragmática, utilitarista o más bien eudemonista, como en el titular anterior. Por lo general no tenemos ni idea, y ni siquiera nos hacemos la pregunta. Nos limitamos a hablar sin saber muy bien por qué.

Tomar distancia de nuestras ideas y funcionamientos

Entre las habilidades de pensamiento, la de saber examinar los presupuestos parece especialmente importante. Sin este trabajo de remontarse hasta la matriz del pensamiento, sin esta anagogía platónica, corremos el riesgo de perdernos en la diversidad caótica de la superficie, en los meandros de los discursos. Saber identificar los presupuestos permite comprender de dónde nace un discurso. Comprendemos entonces que es posible no quedarse encerrado en los principios que lo fundamentan, salir de las evidencias y abrirse a otras perspectivas. Por supuesto, también es posible asumir esos principios sacados a la luz, siendo conscientes de que no son absolutos.

Siguiendo con el ejemplo del éxito de los animales en miniatura, podríamos evitar encerrarnos en una perspectiva eudemonista y cuestionar esta práctica desde un punto de vista moral, estético o existencial. ¿Podemos hacer lo que queramos con los animales? ¿Amamos a un animal si lo elegimos porque es pequeño y mono? ¿Podemos amar a un animal grande, pesado y feo como el rinoceronte? ¿Es bello lo pequeño y mono? ¿Debemos seleccionar a los animales que nos reconfortan? ¿Qué tipo de persona necesita que la reconforten pequeños animales de granja? Estas preguntas y las respuestas que suscitan quizá lleven a abandonar esta práctica, o a continuarla de forma más consciente y, por tanto, más asumida.

Conocerse a uno mismo

Identificar los presupuestos de los demás permite comprender sobre qué fundamentos se construye su pensamiento, captar su coherencia, eventualmente cuestionarlos y distinguirlos de los nuestros. Pero, por supuesto, también importa tomar conciencia de nuestros propios presupuestos. En efecto, antes de identificarlos como tales, creemos que son los únicos posibles y que, por tanto, todo el mundo los comparte. En realidad nos son propios o, más a menudo, los compartimos con el grupo al que pertenecemos sin pensar en cuestionarlos. Sin embargo, otros no solo son posibles, sino igualmente válidos, valiosos y compartidos. Cuando somos conscientes de que nuestra posición no es absoluta y tiene límites, podemos cambiarla, modificar algunos de sus aspectos o mantenerla sabiendo que existen otros caminos.

Aunque, por supuesto, es posible pasar de un paradigma a otro, todos tenemos ciertas tendencias privilegiadas, elaboradas desde la infancia, probablemente porque entonces nos permitieron sentirnos seguros y encontrar nuestro lugar en el grupo. Comprender los propios presupuestos es una manera de conocerse. En este sentido, el conocimiento de uno mismo no consiste solo en saber de dónde venimos o cuál es nuestra identidad sexual, cultural o nacional; quizá sea también, y ante todo, saber identificar los presupuestos fundamentales sobre los que construimos nuestra interpretación del mundo (moldeada por nuestra cultura, nuestro género, nuestra nacionalidad, etc.). Conocerse es saber identificarlos, no tomarlos por absolutos, no aferrarse a ellos como a un salvavidas; dicho de otro modo, es salir del espíritu de seriedad, tan tranquilizador como ciego.

Quizá sea una de las interpretaciones posibles de la famosa máxima inscrita en Delfos y retomada por Sócrates: «Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses». Si me conozco, soy consciente de la matriz desde la que descifro lo real; no la erijo en absoluto; sé que hay otras lecturas posibles igualmente sensatas cuyo sentido y coherencia puedo esforzarme por comprender. Conocerme es la condición para tomar distancia y darme los medios de no encerrarme en una única perspectiva. Esta distancia respecto de mis propios esquemas de interpretación permite ampliar mi campo de visión.

Es, por tanto, un camino que me da la posibilidad de conocer el universo y a los dioses multiplicando los enfoques (un conocimiento que, por supuesto, sigue siendo un ideal regulador, es decir, un objetivo que orienta mi búsqueda aunque sepa que no es posible alcanzarlo). Algunas personas enmarcan su comprensión de las cosas desde un ángulo más bien moral y sensible; otras, desde un ángulo científico, utilitario, espiritual, materialista, pragmático o estético. Cada uno de estos enfoques tiene sentido y permite interpretar el mundo que nos rodea. Pero cada uno tiene también sus límites, y ninguno es absoluto. Saber analizar los presupuestos equivale a establecer una forma de perspectivismo, concepto nietzscheano que implica que no existe una objetividad absoluta.

Esto no significa, sin embargo, que estemos condenados a una pura subjetividad o a un relativismo para el que todo vale. Siempre leemos el mundo desde ciertas perspectivas, que es posible evaluar según criterios que a su vez dependen de perspectivas. El criterio de Nietzsche es la celebración de la vida, la voluntad de poder y el individuo afirmativo. Anima a abrazar plenamente los propios deseos e instintos, a superar los valores morales convencionales y a crear los propios valores.

Pero podríamos cambiar de perspectiva y evaluar, al contrario, a partir de la renuncia a la voluntad, del retiro y de la contemplación, una visión más cercana a la de Schopenhauer o a la de Simone Weil con su concepto de descreación (un proceso de desapropiación de uno mismo en el que el ego se reduce o se borra para dejar sitio a Dios o a lo divino: para la filósofa, la descreación es un acto de desposesión voluntaria de sí mismo en el que el individuo busca borrarse para dejar lugar a una presencia más grande que él).

Nietzsche por un lado, y Schopenhauer o Weil por otro: dos matrices con presupuestos opuestos. Cada una tiene sentido, cada una ha producido reflexiones y una filosofía profundas y, sin embargo, estas interpretaciones y los presupuestos en que se apoyan divergen e incluso se oponen.

Comprender los presupuestos para dialogar mejor

Durante un taller de filosofía que animé en Bélgica, se produjo un momento de tensión. Me parece interesante cuestionar en el taller lo que está ocurriendo en ese momento y que a veces resuena con el contenido de la reflexión. Por ejemplo, durante un taller en el que reflexionamos sobre los presupuestos, podemos observar, en el transcurso mismo del taller, nuestros propios presupuestos que obstaculizan el diálogo.

La filosofía no es, pues, solo un enfoque teórico que corre el riesgo de quedar desconectado de lo que vivimos. Mientras vivimos tal o cual experiencia, nos da la posibilidad de no quedar encerrados en ella y de tomar distancia de lo vivido.

En aquel taller presenté las reglas del diálogo que iban a permitir construir colectivamente la reflexión y hacer funcionar la inteligencia colectiva. Estas reglas son fáciles de formular: levantar la mano antes de hablar y esperar a que la persona que anima el taller haga una pregunta antes de responderla. Parecen elementales y fáciles de entender. Los participantes suelen aceptarlas cuando las presento. Sin embargo, en el 99 % de los talleres que propongo, desde los tres primeros minutos, no se respetan. Deduzco que no se entienden tan bien como parece.

Es probable que detrás del simple gesto de levantar la mano antes de hablar pongamos presupuestos diferentes. A algunas personas, levantar la mano antes de hablar las devuelve a la situación de escolar. Si de niños querían ser buenos alumnos, vuelven a representar el papel de quien quiere dar la respuesta que espera el profesor, la que merecerá la recompensa del reconocimiento. Si, al contrario, adoptaban más bien la postura del rebelde, aunque hayan aceptado la regla al principio del taller, muestran después ostensiblemente que no van a aplicarla. En ambos casos, estos participantes consideran que la regla presupone una relación de poder entre quien sabe, que anima y reparte la palabra, y quienes aprenden. Un poder que consideran fuente de gratificaciones o de castigos.

Por mi parte, como animadora del taller, no presupongo lo mismo. Repartir gratificaciones o castigos no ayuda a pensar, al contrario. Cuando nos preocupa ante todo un resultado y una gratificación exterior, o cuando tememos el castigo, perdemos la capacidad de pensar libremente y corremos el riesgo de perdernos por completo el placer de probar ideas. Nos preocupan otros objetivos distintos de pensar. Además, para repartir ese tipo de gratificaciones o castigos, habría que saber ya qué hay que pensar sobre tal o cual cuestión. Ahora bien, quien anima un taller no tiene una idea previa de lo que hay que pensar (o la menor posible: el ideal socrático consiste en aprender a no saber nada, a vaciarse lo más posible para cuestionar a los participantes).

En el gesto de levantar la mano, presupongo más bien que se trata de manifestar exteriormente lo que ocurre interiormente cuando buscamos una idea. Hemos escuchado una pregunta, nos tomamos el tiempo de reflexionar, formulamos interiormente una hipótesis y, al levantar la mano, indicamos que estamos listos para formularla ante los demás. Si el animador no nos da la palabra porque elige a otra persona, aprendemos también a soportar la frustración de no decir lo que queríamos decir. Esa frustración puede ser la ocasión de quedarse en segundo plano, de escuchar a otros, de adoptar una postura de observación, de considerarse menos indispensable para el avance del grupo, de aceptar con paciencia que otros se ejerciten en formular sus ideas. Y si los juzgamos menos dotados que nosotros, al tomar la palabra más que nosotros desarrollarán sus capacidades y, con la práctica, se convertirán en interlocutores estimulantes.

Al recordar la tensión que se produjo en aquel taller en Bélgica, me parece que su causa fue esa incomprensión de los presupuestos mutuos en el simple gesto de levantar la mano. Una de las participantes creyó hacer lo correcto levantando la mano a cada pregunta que yo hacía. Es cierto que respetaba la regla tal como yo la había establecido formalmente. Pero al cabo de un rato propuse observar lo que su actitud provocaba en el grupo. En efecto, los demás participantes eran bastante pasivos y sin duda se apoyaban en esta participante, cuya actitud era mucho más activa. Le propuse entonces no tomar la palabra durante unos diez minutos para observar lo que ocurría y después contarnos cómo había vivido esta pequeña experiencia de quedarse en segundo plano. Al cabo de diez minutos, otros participantes se habían implicado en la reflexión. Pero cuando le propuse que nos contara su experiencia, la participante, obligada a guardar silencio, manifestó enfado. Había vivido la experiencia como un castigo por mi parte. Intenté entonces ayudarla a ver las cosas desde otro ángulo. Otros participantes propusieron que ese tiempo de silencio podía aliviarla: no tenía que cargar con la actividad del grupo, y observar a los demás también es muy interesante. Ningún argumento convenció a la participante. El enfado provocado por la frustración fue sin duda demasiado intenso en ese momento. Y, por mi parte, no percibí con suficiente agudeza los presupuestos implicados en la manera en que esta participante levantaba la mano. Si los hubiera comprendido mejor, sin duda habría encontrado una forma más convincente de pedirle que se quedara un poco en segundo plano, quizá empezando por hacerle ver el interés de esta postura inhabitual para ella.

Un modo de vida

En estas líneas he querido mostrar que el examen minucioso de los presupuestos que moldean nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones es esencial para el ejercicio filosófico. Al desvelar y cuestionar estos fundamentos, a menudo implícitos, de nuestra manera de proyectarnos en la existencia, entablamos un diálogo más profundo, no solo con los demás, sino también con nosotros mismos. Este enfoque nos lleva a reconocer la diversidad de perspectivas y la riqueza que aportan a nuestra comprensión del mundo. Mediante el análisis de los presupuestos, la práctica filosófica se afirma como un diálogo continuo, una invitación a la reflexión que va más allá de la simple adquisición de conocimientos para convertirse en una exploración de la experiencia humana en su complejidad. Así, la filosofía, lejos de limitarse a un ejercicio académico, se revela como un modo de vida, una práctica cotidiana que busca enriquecer nuestro diálogo con el mundo.

Abrazar esta práctica es abrirse a la posibilidad de una transformación personal y colectiva, guiada por una búsqueda de sentido y una voluntad de comprender más allá de las apariencias.

Y para terminar, un cuento de Nasreddín lleno de presupuestos

Nasreddín está sentado tranquilamente delante de su casa cuando llega el propietario.

—¡La paz sea contigo, Nasreddín! ¡Que este día te sea favorable!

—Precisamente estaba pensando en ello, y te aseguro que ¡tendrás tu dinero mañana mismo!

Cuando Nasreddín entra en casa, su mujer, siempre curiosa, le pregunta con quién hablaba.

—El propietario quiere que le pague el alquiler. ¡Pero no tengo ni un céntimo!

Su mujer le responde:

—No pasa nada, ¿sabes? Solo necesito ese caftán nuevo para la boda, dentro de tres semanas.

En cuanto Nasreddín sale, su hija viene a enterarse:

—¿De qué hablabais papá y tú?

—Tu padre me ha preguntado cuándo necesitaba el dinero del sastre para mi caftán nuevo. Le he dicho que dentro de tres semanas, para la boda.

—¿Sabes? Estoy segura de que Omar me pedirá en matrimonio. Lo quiero tanto…

Cuando Nasreddín vuelve y ve a su hija tan sonriente, le pregunta por qué parece tan feliz.

—Mamá me hablaba de mi futura boda: ¡haremos una gran fiesta y un banquete magnífico!

—Yo también empiezo a tener mucha hambre. Espero que sirvan pronto la comida.

(A partir de un cuento de Nasreddín Hodja.)

¿Hay que tomar al pie de la letra lo que se dice, o hay que tener en cuenta los presupuestos?

¿Por qué proyectamos sobre los demás nuestros propios presupuestos?

¿En qué condiciones es posible el diálogo?

CONTINUAR EL DIÁLOGO

Tus reflexiones sobre este texto

Estas líneas no pretenden ninguna verdad definitiva: son una propuesta para discutir, prolongar o contradecir. Tus objeciones, preguntas e hipótesis son bienvenidas.