La PhilomobilePhilomobilePor Laurence Bouchet
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Reflexiones

¿Por qué algunas personas dicen querer cortar los puentes para siempre?

Después de una discusión, una traición o una decepción, algunas personas cierran la puerta para siempre — lo que en inglés se conoce como «estrangement». Pero ¿qué protegemos realmente cuando emitimos un juicio definitivo? Una reflexión sobre el poder, el perdón, la identidad de ofendido y la posibilidad de cambiar la mirada sobre alguien.

Una puerta cerrada al fondo de un pasillo oscuro, con un fino hilo de luz que pasa por debajo.

A veces, tras una disputa, o tras lo que se vive como una agresión, una traición o una decepción, algunas personas dicen querer cortar los puentes y deciden que la puerta queda definitivamente cerrada. Ya no quieren volver a ver a quien las ofendió, ni siquiera dirigirle la palabra. Puede verse como una forma de protegerse. Pero ¿qué protegemos exactamente cuando decidimos que nuestro juicio sobre alguien será definitivo?

Esta reflexión no trata sobre las situaciones de violencia excepcional en las que romper todo contacto parece una protección indispensable. Se interroga sobre las otras situaciones: aquellas en las que, tras un conflicto, una herida o una decepción, transformamos un distanciamiento quizás necesario hoy en un juicio definitivo sobre lo que el otro será siempre.

Cuando un acto se convierte en una definición del otro

Cortar los puentes, cerrar definitivamente la puerta, puede deberse en primer lugar a una forma de rigidez. Equivale a suponer que lo que ha sido ya no puede convertirse en otra cosa: «Hiciste eso, así que ya sé quién eres». Un acto, una palabra, un conflicto se convierten entonces en una definición del otro. Y sin embargo, los seres cambian, las circunstancias cambian, las relaciones cambian, y nosotros mismos cambiamos. Esto no significa que el otro haya evolucionado necesariamente de manera constructiva. Puede haber cambiado sin que ese cambio modifique favorablemente nuestra mirada sobre él, incluso reforzando las razones que nos habían llevado a tomar distancia. Pero para saberlo, aún habría que aceptar someter nuestro juicio a la prueba del presente.

Quizás haya también en ese cierre una forma de pereza, o al menos una elección de comodidad. Un juicio definitivo nos dispensa de observar, de escuchar, de preguntar. Una vez que hemos catalogado al otro, ya no necesitamos preguntarnos en qué se ha convertido, ni sobre todo si nuestro propio juicio sigue siendo pertinente. Ahora bien, reexaminar una relación no significa necesariamente retomarla; significa simplemente aceptar confrontar lo que pensábamos ayer con lo que existe hoy.

Esta negativa también puede hacernos perder algo. Una relación no tiene necesariamente la función de procurarnos comodidad. Quien nos contradice, nos incomoda, nos obliga a examinar nuestras reacciones y pone en dificultad nuestras certezas puede ser precisamente quien nos hace crecer. Algunas relaciones son valiosas no porque sean apacibles, sino porque nos confrontan con lo que preferiríamos no ver. Esto exige, sin embargo, poder distinguir el conflicto que pone a prueba de la relación que destruye. Soportar la contradicción no implica soportar cualquier cosa.

Cuando la ruptura se convierte en una posición de poder

Cerrar la puerta también procura una forma de poder. Quien se queda fuera puede explicar, pedir, disculparse, intentar reanudar el diálogo. Quien ha cerrado no tiene que hacer nada, le basta con no responder. Hay ahí algo que se parece al poder infantil que se ejerce en el mohín: retirar la palabra permite dejar al otro en espera e imponerle una relación asimétrica. Es él quien debe venir, pedir, eventualmente humillarse, mientras que quien calla sigue siendo dueño de la apertura o del cierre.

Pero esa posición de poder, ¿es realmente una fuerza? Se puede sostener exactamente lo contrario. Es fácil ser poderoso detrás de una puerta cerrada. El otro ya no puede contradecirnos, alcanzarnos, sorprendernos ni poner en dificultad nuestro juicio. El cierre nos da entonces un «dominio» simplemente porque suprime la prueba. En ese sentido, puede ser menos una manifestación de fuerza que una negativa a exponerse. La verdadera fuerza supondría quizás poder soportar esa alteridad sin perder la propia autonomía: volver a encontrarse con el otro sin estar por ello a su merced, escuchar lo que tiene que decir sin sentirse obligado a darle la razón, y volver a poner en juego el propio juicio sin perder la capacidad de formarlo de manera autónoma.

¿Podemos quedar prisioneros de nuestra identidad de ofendidos?

Esta aparente posición de fuerza puede además alimentar otra forma de encierro: la identidad de ofendido. Cerrar definitivamente la puerta puede llevar a mantener una distribución estable de los papeles. Está quien ofendió y quien fue ofendido. Quien cierra la puerta puede así situarse del lado correcto de esta historia: considera que el otro actuó mal y que él mismo es a quien se le hizo daño. La situación pasada se transforma entonces en un relato moral duradero en el que cada uno conserva su papel.

Hay ahí una paradoja. Cuando cierro mi puerta, pretendo haber excluido a alguien de mi vida, pero puedo seguir concediéndole un lugar muy importante, ya que mi juicio presente sigue determinado por lo que me hizo en el pasado. Ya no le hablo, pero sigo manteniendo internamente el tribunal en el que fue condenado. Creo haberme liberado de él, cuando en realidad sigo atado a la identidad de ofendido que él me permitió construir.

¿Es preferible comprender a perdonar?

Por eso también, en este tipo de situación, quizás tampoco se trate de perdón. El perdón corre el riesgo de mantener cierta distribución de los papeles: alguien cometió una falta y otra persona posee el poder de absolverla. Quien perdona puede así permanecer en posición de juez. Incluso puede extraer de su perdón una forma de superioridad moral: fui ofendido, pero tuve la grandeza de perdonarte. La deuda no ha desaparecido necesariamente entonces; simplemente ha cambiado de forma.

Quizás sea más interesante buscar comprender antes que perdonar. Comprender no significa excusar, ni justificar, ni necesariamente retomar una relación. Consiste en examinar lo que ocurrió, las circunstancias, los afectos, las intenciones, los límites del otro pero también los nuestros, sin necesidad de mantener eternamente las categorías del culpable y de la víctima.

Cuando tomar distancia se vuelve necesario

Sin embargo, hay que tomar en serio el problema inverso. Algunas personas son incapaces de tomar una distancia saludable. Pueden insultarse, herirse, a veces maltratarse, y al día siguiente encontrarse como si nada hubiera pasado. Se vuelven entonces dependientes de la intensidad del conflicto, de la ruptura y de la reconciliación. En ese caso, mantener la relación no es una prueba de transformación mutua o de apertura, sino más bien una incapacidad para poner un límite. Existen relaciones suficientemente caóticas o destructivas como para que sea necesario alejarse de ellas.

Pero tomar distancia hoy no obliga necesariamente a emitir un juicio para la eternidad. Se puede decidir: «En el estado actual de esta relación, ya no quiero este vínculo», sin pretender saber qué serán el otro, la relación y uno mismo dentro de cinco o diez años. Un límite puede ser firme sin ser rígido.

«No contact», «red flags» y personas «tóxicas»

Esta cuestión adquiere hoy una dimensión particular con el vocabulario que se ha instalado en torno a las relaciones y que vemos florecer en las redes sociales: red flags, green flags, personas «tóxicas», «narcisistas», la necesidad de «poner límites», de «proteger tu paz», de pasar al no contact. Estas nociones pueden ser útiles. Permiten en particular identificar comportamientos destructivos o violencias que antes se habrían podido banalizar, pero también pueden modificar nuestra manera de mirar una relación, transformándola en objeto de evaluación permanente.

Un vocabulario que debía servir para interpretar situaciones puede entonces convertirse en un vocabulario que permite clasificar a las personas. La señal se convierte en veredicto, y en cuanto la persona misma queda definida por ese veredicto, se vuelve mucho más difícil reexaminarlo.

Este vocabulario también puede otorgar una legitimidad psicológica y moral a lo que antes era una decisión personal: ya no digo simplemente «No soporto a mi hermano o a mi madre», sino «Esta persona es tóxica y debo proteger mi salud psíquica». En el primer caso, asumo una decisión de la que sigo siendo autor. En el segundo, ya no presento la ruptura como mi elección, sino como la consecuencia casi necesaria de lo que el otro es. Mi propio juicio desaparece detrás del diagnóstico. El riesgo es entonces dejar de cuestionar mi decisión, y mi propio lugar en la relación.

Detrás de este vocabulario se perfila quizás una cierta concepción de la relación: una buena relación sería aquella en la que me siento seguro, respetado y reconfortado. Pero ¿no tiene también valor una relación por desplazarnos, contrariarnos y a veces poner en crisis la idea que tenemos de nosotros mismos?

La relación se convierte en algo que evaluamos según lo que nos aporta o nos cuesta. Pero ¿debe una relación humana ser siempre beneficiosa, apaciguadora y segura? ¿Debe considerarse necesariamente nocivo a quien nos contraría, nos decepciona o nos hiere puntualmente? Una relación también puede tener valor porque resiste a nuestras expectativas, nos obliga a soportar una contrariedad, a examinar nuestra propia responsabilidad o a descubrir algo sobre nosotros mismos que no teníamos ningún deseo de descubrir.

Esto no equivale a glorificar el sufrimiento relacional. Existen violencias, relaciones de control y situaciones en las que la distancia es necesaria. El problema comienza cuando el vocabulario destinado a identificar esas situaciones extremas se extiende a la contrariedad, al desacuerdo, a la torpeza o al conflicto ordinario. A fuerza de querer eliminar todos los «red flags», podríamos terminar eliminando precisamente lo que hace que una relación sea capaz de transformarnos.

¿Puede un límite firme seguir abierto al cambio?

La cuestión no es entonces saber si hay que dejar todas las puertas abiertas. Tampoco se trata de convertir el conflicto en una virtud en sí misma, ni de cultivar relaciones caóticas con el pretexto de que nos harían crecer. Se trata más bien de preguntarnos qué protegemos cuando declaramos que una puerta quedará cerrada para siempre. A veces protegemos nuestra integridad, pero quizás también nuestra comodidad, nuestro poder, nuestra identidad de ofendido, o simplemente un juicio que ya no queremos tener que examinar.

Porque un juicio puede haber sido acertado en el momento en que lo emitimos y volverse falso algunos años después. Reconocerlo es difícil: hay que poder admitir que quizás teníamos razón ayer y que quizás nos equivocamos hoy.

No se trata entonces ni de perdonar, ni necesariamente de reconciliarse. Se trata de negarse a transformar un juicio pasado en verdad eterna y de conservar la capacidad de someterlo a la prueba de la realidad.

Dejarle al otro la posibilidad de cambiar es también asumir el riesgo de tener que cambiar uno mismo de juicio.

Examinar una ruptura o un conflicto en una consulta filosófica

Cuando una ruptura sigue ocupando nuestro pensamiento, no se trata necesariamente de retomar el contacto con el otro. Puede ser útil examinar qué seguimos esperando de él, el juicio en el que lo hemos encerrado y el lugar que la identidad de ofendido todavía ocupa en nuestra existencia.

Una consulta filosófica permite poner a prueba estas representaciones, sin imponer el perdón ni la reconciliación. También puede ayudar a distinguir un límite necesario de un juicio que se ha vuelto rígido.

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