La PhilomobilePhilomobilePor Laurence Bouchet
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Reflexiones

Lo que nuestros miedos nos hacen hacer

¿Hay que escuchar nuestros miedos o superarlos? Miedo al juicio, al fracaso, al abandono, a depender: a veces nuestros miedos organizan nuestra existencia sin que lo sepamos. Con Spinoza y Sócrates, una reflexión surgida de un seminario de práctica filosófica sobre las estrategias de evitación que construimos para no volver a tener miedo, y sobre lo que acaban costándonos.

Las participantes del seminario «¿Hay que escuchar nuestros miedos o superarlos?» reunidas en torno a una mesa, en Marsella, con las puertas abiertas al jardín.

Los miedos que no queremos ver

Durante el seminario de práctica filosófica que dedicamos en Marsella a la pregunta «¿Hay que escuchar nuestros miedos o superarlos?», un hecho nos hizo gracia de entrada: solo se habían inscrito mujeres, una decena. Y, sin embargo, el encuentro no se había pensado en absoluto como un seminario no mixto. ¿Era porque los hombres tienen menos miedo? ¿O porque les cuesta más reconocerlo? Volveremos sobre ello, porque quizá algunos miedos sean tanto más poderosos cuanto menos se reconocen como tales.

Reconocer el propio miedo no es solo nombrar una emoción desagradable. A veces es reconocer la propia vulnerabilidad, la propia incertidumbre, la necesidad de los demás o, simplemente, el hecho de que ciertas situaciones se nos escapan. Ahora bien, todo un imaginario social asocia el dominio, la seguridad y la aparente ausencia de miedo con cierta idea de la fuerza. Puede resultar entonces más fácil negar el miedo que intentar comprender lo que revela.

Esa es la pista que exploramos durante aquellas dos jornadas. El miedo no es solo una reacción inmediata ante un peligro identificable. También puede convertirse en una tendencia más discreta que orienta nuestros comportamientos, nuestras elecciones, nuestras relaciones y, a veces, hasta nuestra manera de habitar el mundo. Por lo general sabemos lo que hacemos, pero mucho menos claramente por qué lo hacemos. Podemos querer triunfar, controlar, agradar, convencer, pasar desapercibidos, protegernos o hacernos indispensables sin percibir siempre lo que alimenta esas actitudes. Detrás de algunas de ellas pueden esconderse miedos: miedo a no ser amado, miedo a que nos falte algo, miedo a ser abandonado, miedo a ser tonto, miedo a depender, miedo a perder, miedo a no ser reconocido o, más radicalmente, miedo a morir.

Surge entonces una primera pregunta: ¿y si una parte importante de nuestros comportamientos estuviera orientada menos por lo que queremos que por lo que intentamos evitar?

Spinoza: ¿sabemos lo que nos determina?

Esta hipótesis coincide con una idea central de Spinoza. Los seres humanos, explica, se creen libres porque son conscientes de sus acciones, pero a menudo ignoran las causas que las determinan. Vivimos, pues, fácilmente nuestras decisiones como espontáneas o voluntarias, cuando se inscriben en un conjunto de afectos, hábitos, apegos, representaciones y deseos de los que solo tenemos un conocimiento parcial. Algunos miedos pueden formar parte de esas determinaciones.

El cuadernillo de textos del seminario, abierto en las páginas de Spinoza dedicadas a la esperanza y al miedo: proposición XVIII, escolio II de la Ética y definiciones de los afectos XII y XIII.
Spinoza, la esperanza y el miedo: dos afectos nacidos de imaginar un desenlace incierto.

De Spinoza podemos retener esta idea general: no siempre sabemos con claridad lo que nos afecta ni lo que orienta nuestras conductas. Conocemos los efectos que se producen en nosotros, pero mucho menos las causas que los producen. Recibimos un acontecimiento, un gesto, una palabra, un silencio, y luego lo interpretamos. Poco a poco, esa interpretación, generalmente demasiado rápida y superficial, puede imponérsenos como una evidencia.

Tomemos una situación sencilla. Una persona tiene que hablar ante un grupo y siente una fuerte aprensión. Quizá diga: «Tengo miedo de hablar en público». Pero esta formulación todavía no nos dice casi nada. ¿De qué tiene miedo exactamente? ¿De equivocarse? ¿De quedarse en blanco? ¿De ser juzgada? ¿De parecer poco interesante? ¿De no parecer lo bastante inteligente? ¿De verse de repente como no quiere verse? A medida que interrogamos el miedo, su objeto se desplaza.

Otro ejemplo: una persona recibe un mensaje muy breve de alguien a quien quiere. Piensa enseguida: «Está frío, se está alejando de mí». Siente entonces inquietud, tristeza o celos. Sin embargo, ignora en gran medida las causas que han llevado al otro a escribir así el mensaje. Puede estar cansado, tener prisa, estar preocupado por otra cosa. Pero esa ignorancia se colma rápidamente con una interpretación. La persona ya no reacciona solo al mensaje, sino al significado que le ha atribuido.

Dolor y sufrimiento: cuando nuestras representaciones prolongan el dolor

Descubrimos así que podemos ser los autores del sufrimiento que nos afecta. Hay que distinguir aquí el dolor del sufrimiento. El dolor viene de la realidad: una pérdida, una herida, un fracaso, una separación o una humillación pueden alcanzarnos de verdad. No es una invención de nuestra mente y no se trata de negarlo. Pero el sufrimiento designa lo que añadimos a ese dolor con nuestras interpretaciones, nuestros juicios y las conclusiones que sacamos de ellos. No nos limitamos a sentir lo que ocurre: le atribuimos un significado, lo relacionamos con nuestra historia, lo anticipamos, lo generalizamos. La realidad puede alcanzarnos, pero a menudo amplificamos, prolongamos o transformamos lo que produce en nosotros.

Del mismo modo, alguien que fracasa en una tarea puede concluir: «No estoy a la altura». Convierte un fracaso particular en un juicio global sobre sí mismo. Una persona que ha conocido la carencia puede seguir viviendo con el temor de que todo desaparezca mañana, incluso cuando su situación ha cambiado profundamente. Una persona que ha sido humillada públicamente puede llegar a pensar que a partir de ahora debe evitar toda intervención, toda exposición y toda situación en la que corra el riesgo de ser mirada.

Hay que distinguir aquí dos cosas. Un miedo puede tener una causa perfectamente real sin que todas las conclusiones que sacamos de él sean adecuadas. Quien fue realmente humillado no «imaginó» la humillación. Sintió un dolor real. Pero si concluye que ya nunca debe tomar la palabra, añade a esa experiencia una interpretación que convierte un acontecimiento singular en regla general de conducta. No es, por tanto, el dolor inicial lo que plantea un problema. Es el sufrimiento que construimos a partir de él. Y ese sufrimiento puede alimentar entonces un miedo más general: el miedo a revivir la humillación, a volver a exponerse o a sufrir el mismo juicio. Para dejar de sentir ese miedo, podemos poner en marcha estrategias de evitación que acaban limitando nuestra existencia.

Cuando nuestras estrategias de evitación se convierten en nuestras prisiones

Probablemente aquí esté el núcleo del problema: no es necesariamente el miedo en sí lo que nos encierra, sino las construcciones existenciales que elaboramos para no volver a tener miedo nunca más.

Inventamos estrategias para protegernos de lo que tememos. Algunas son útiles e incluso necesarias. Pero pueden generalizarse progresivamente, volverse automáticas y luego estructurar nuestra existencia. Quien teme la intrusión puede aprender a mantener a los demás a distancia, a cerrarse al diálogo, a no exponerse y a preservar celosamente su espacio. La estrategia protege. Pero también puede acabar produciendo un encierro que la persona no había elegido realmente.

Quien teme ser dominado puede buscar una independencia absoluta, rechazar la influencia de los demás, los consejos, los compromisos o cualquier forma de dependencia. Cree así preservar su libertad. Sin embargo, si toda su existencia se organiza en torno a la necesidad de no ser dominado nunca, sigue determinado por lo que intenta evitar. El miedo gobierna precisamente en el momento en que cree haberse librado de él.

Quien teme no ser amado puede adaptarse continuamente a las expectativas de los demás, anticipar sus deseos, evitar desagradar y callar sus desacuerdos. Quizá obtenga así más aprobación, pero a costa de una dificultad creciente para saber lo que quiere él mismo. Quien teme el fracaso puede reducir progresivamente sus ambiciones para estar seguro de no fracasar nunca. La estrategia logra su objetivo: el fracaso se vuelve improbable. Pero, entretanto, la existencia se ha estrechado.

Estos ejemplos muestran también que un mismo miedo puede producir comportamientos diferentes, a veces opuestos. El miedo al juicio puede llevar a hablar mucho para demostrar el propio valor o, al contrario, a apenas hablar para no exponerse. El miedo al abandono puede empujar a aferrarse a los demás, pero también a romper antes de ser abandonado. El miedo a ser dominado puede producir una actitud autoritaria, porque se busca constantemente conservar el ascendiente, o un repliegue radical frente a las relaciones demasiado comprometedoras.

Investigar los propios miedos

El comportamiento visible se convierte entonces en un indicio que permite construir una hipótesis. La práctica filosófica funciona aquí un poco como una investigación. El investigador no sabe de antemano lo que ha ocurrido; observa señales, formula hipótesis, las contrasta y busca las que permiten explicar los hechos con más rigor. Del mismo modo, una actitud, una repetición, una palabra empleada varias veces o una contradicción pueden indicar que quizá haya un miedo en juego.

Si una persona busca sin cesar demostrar que es inteligente, podemos plantear la hipótesis de que teme especialmente ser percibida como tonta. Si alguien, por el contrario, se esfuerza por pasar desapercibido, podemos preguntarnos qué representaría para él molestar. Si una persona reivindica constantemente su independencia, puede ser pertinente preguntarle qué imagina perder cuando depende de alguien.

El deseo, el apego y el miedo a perder

El miedo mantiene también una relación interesante con el deseo. Deseamos ser amados, reconocidos, comprendidos, escuchados, triunfar, poseer o conservar aquello que nos importa. Ahora bien, todo deseo nos expone también a una posibilidad de frustración o de pérdida. Si deseo ser reconocido, puedo temer no serlo. Si deseo ser amado, puedo temer perder ese amor. Lo mismo ocurre si deseo ser escuchado o comprendido. Si estoy muy apegado a una posición, un bien, una relación o una imagen de mí mismo, su desaparición se convierte en una amenaza posible.

El problema no es desear ser amado, reconocido, escuchado o comprendido. Empieza cuando la satisfacción de esos deseos se convierte en una condición de nuestra tranquilidad o de nuestra capacidad de actuar. Entrego entonces a los demás una parte del poder de determinar mi estado: si necesito ser reconocido para sentirme legítimo, comprendido para soportar un desacuerdo con el otro o amado para sentirme digno de amor, hago depender mi equilibrio de circunstancias que no están en mi poder. Es también la pregunta que plantea otro texto de este diario: ¿es mejor no esperar nada de los demás?

Aquí ciertas tradiciones budistas aportan una luz especialmente radical: el apego a lo que deseamos puede convertirse en fuente de sufrimiento precisamente porque lo que poseemos sigue siendo frágil, cambiante y susceptible de desaparecer. No es, pues, solo la ausencia de lo que deseamos lo que nos hace sufrir. El hecho mismo de poseerlo puede engendrar el miedo a perderlo.

Esto no significa, evidentemente, que todo deseo sea malo ni que haya que volverse indiferente a todo. Pero puede ser fecundo examinar el reverso de un deseo: ¿qué me asusta de no obtener lo que deseo? ¿Y qué me asusta de la posibilidad de perderlo una vez que lo he obtenido?

Cuando el miedo fabrica lo que teme: la profecía autocumplida

Esta pregunta pone de relieve otra dimensión del miedo: puede contribuir a producir precisamente lo que intenta evitar.

A veces se habla de profecía autocumplida. Quien tiene miedo de no ser amado puede buscar continuamente pruebas de afecto, interpretar los silencios como señales de rechazo, mostrarse excesivamente susceptible, pedir sin cesar que lo tranquilicen o, al contrario, borrarse continuamente para conservar la aprobación del otro. Estos comportamientos pueden acabar cansando o alejando a las personas de su entorno. Su alejamiento se convierte entonces en la confirmación del miedo inicial: «Ya sabía yo que acabarían por dejar de quererme».

El mecanismo es circular: un miedo produce una interpretación; esa interpretación produce una conducta; la conducta transforma la relación; la reacción del otro parece entonces confirmar la representación inicial.

Encontramos el mismo fenómeno con el miedo a ser dominado. Una persona convencida de que los demás siempre intentan hacerse con el poder puede adoptar una actitud defensiva o agresiva. Su comportamiento provoca entonces más relaciones de fuerza. Y concluye: «Ya veis que hay que desconfiar de los demás». La estrategia de protección contribuye así a crear el mundo del que quería protegerse.

La pregunta ya no es solo: «¿De qué tengo miedo?». Se convierte en: «¿Qué me hace ver mi miedo? ¿Qué me hace hacer? ¿Y lo que hago bajo su influencia acaba reforzando lo que temía?».

Algunos miedos deben, pues, ser escuchados, porque nos informan de un peligro real. Otros deben ser interrogados, porque se basan en un conocimiento fragmentario de la situación. Algunos nos enseñan también algo sobre nuestros apegos: lo que tememos perder revela a menudo aquello a lo que damos valor.

Pero el problema decisivo aparece en otro lugar. ¿En qué momento un miedo legítimo se convierte en una manera general de percibir las situaciones? ¿En qué momento una protección útil se convierte en un principio de existencia? ¿En qué momento dejamos de elegir para empezar a organizar nuestra vida en torno a lo que queremos evitar?

La práctica filosófica: poner el miedo a prueba

Aquí interviene la práctica filosófica. No consiste en tranquilizar sistemáticamente a alguien ni en explicarle que debería «superar sus miedos» en nombre de un ideal algo ingenuo de valentía. Busca primero hacer visibles las representaciones, los presupuestos, los deseos y los razonamientos que acompañan al miedo. En este sentido, enlaza con la pregunta de si se pueden educar las emociones.

Por ejemplo, cuando una persona expresa un deseo muy fuerte, se puede examinar lo que significa para ella. «Quiero ser reconocido». ¿Por qué? ¿Qué pasaría si no lo fuera? «Quiero ser comprendido». ¿Qué tendría de tan grave no serlo? «Quiero que me escuchen». ¿Qué concluye cuando alguien no le escucha? ¿Y podría ser algo bueno no ser escuchado? A través de estas preguntas, un deseo puede revelar el miedo que a veces lleva asociado.

Cuando alguien afirma: «Tengo miedo de que me juzguen», se le puede preguntar qué significa exactamente «ser juzgado». ¿Qué tendría de tan grave que una persona tuviera una mala opinión de usted? ¿Por qué tendría su juicio tanto poder? Cuando una persona dice: «Tengo miedo de fracasar», se puede interrogar lo que el fracaso demostraría realmente. ¿Que un intento no ha salido bien? ¿Que habría que cambiar de método? ¿O que la propia persona sería un fracaso?

Este trabajo introduce una distancia entre el afecto y la representación que lo alimenta.

Sócrates y el miedo a quedar al desnudo

El enfoque socrático ofrece aquí un modelo especialmente esclarecedor. Sócrates no se limita a preguntar a sus interlocutores lo que sienten. Examina lo que afirman, saca a la luz sus contradicciones e interroga las evidencias sobre las que descansa su discurso. Este enfoque implica una forma de puesta al desnudo. No una puesta al desnudo íntima o confesional, sino una puesta al desnudo del pensamiento.

Puedo creerme valiente y descubrir que mis actos están organizados en gran medida por el miedo al juicio. Puedo creerme independiente y constatar que dedico una parte considerable de mi energía a evitar cualquier dependencia. Puedo presentarme como modesto y descubrir que esa modestia también me permite obtener la aprobación de los demás. El diálogo filosófico hace aparecer entonces una posible distancia entre la imagen que tenemos de nosotros mismos, las razones que invocamos para explicar nuestras conductas y los presupuestos, valores o afectos que esas conductas dejan entrever.

Este enfoque puede, a su vez, suscitar miedo. Pensar en serio implica cierta exposición. Hay que aceptar no saber, contradecirse, ver una hipótesis puesta en cuestión o descubrir que la imagen que hemos construido de nosotros mismos no se corresponde exactamente con lo que revela nuestra manera de pensar. Es una de las razones por las que es tan difícil cuestionarse a uno mismo.

Desde este punto de vista, el enfoque socrático no nos protege del miedo. Más bien nos entrena para soportar lo que muchas de nuestras estrategias intentan precisamente evitar: la incertidumbre, la duda, la vulnerabilidad, la pérdida momentánea de control o el cuestionamiento de cierta imagen de uno mismo. Filosofar quizá no consista, pues, en estar más seguro de uno mismo, sino en ser más capaz de soportar lo que sacude nuestras certezas sin buscar inmediatamente protegerse de ello.

¿A quién se le permite reconocer su miedo?

Esto nos permite volver a lo que al principio nos había hecho gracia. Nada autoriza a pensar que los hombres tienen menos miedo; pero no todo el mundo paga el mismo precio por admitirlo. Allí donde reconocer el miedo cuesta autoridad o crédito, el miedo no desaparece: se vuelve más difícil de nombrar y se transforma en otra cosa, en irritación, en actividad, en certeza. Quizá la pregunta no sea, pues, «¿quién tiene miedo?», sino «¿a quién se le permite reconocer su miedo?». Porque no se interroga un miedo que uno no se permite reconocer; inscribirse en aquellas dos jornadas ya era una respuesta parcial…

¿Qué vida construimos para no tener miedo?

La pregunta «¿Hay que escuchar nuestros miedos o superarlos?» queda entonces desplazada. No se trata ni de obedecerlos ni de vencerlos. Se trata primero de comprender el lugar que ocupan en nuestra manera de percibir, de pensar y de actuar.

El verdadero trabajo podría consistir en identificar lo que tememos, examinar las representaciones que alimentan esos temores, comprender los deseos y los apegos a los que están ligados y observar después las estrategias que hemos construido para protegernos de ellos. Quedaría luego preguntarse lo que nos cuestan esas estrategias.

Porque podemos organizar tanto nuestra existencia para evitar el miedo que este acaba decidiendo por nosotros. Evitamos el riesgo de ser heridos, pero evitamos también ciertas relaciones. Evitamos el fracaso, pero dejamos de emprender. Evitamos la dependencia, pero rechazamos ciertos vínculos. Evitamos ser juzgados, pero dejamos de exponernos, de afirmarnos e incluso de pensar. El miedo ha dejado entonces de ser solo una emoción pasajera: se ha convertido en un principio de organización de la existencia.

No se trata de volverse intrépido: semejante ambición es ilusoria y poco deseable. Se trataría más bien de ser lo bastante conscientes de nuestros miedos para que dejen de organizar silenciosamente nuestra manera de vivir.

Dicho de otro modo, no se trata solo de preguntarse: «¿De qué tengo miedo?».

Sino quizá, sobre todo: «¿Qué vida estoy construyendo para no tener miedo?».

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Estas líneas no pretenden ninguna verdad definitiva: son una propuesta para discutir, prolongar o contradecir. Tus objeciones, preguntas e hipótesis son bienvenidas.