¿Puede alguien amarnos sinceramente sin plantearse un futuro común? Y, a la inversa, ¿el hecho de construir un futuro con alguien demuestra que lo amamos de verdad?
La pregunta parece sencilla, pero el verbo «proyectarse» puede designar al menos dos movimientos.
Podemos, primero, proyectar un futuro común: imaginar vivir juntos, tener hijos, comprar una casa, viajar o simplemente seguir avanzando el uno junto al otro.
Pero también podemos proyectar nuestras expectativas sobre el otro: atribuirle las cualidades que necesitamos, imaginar lo que podría llegar a ser o creer que comparte nuestros deseos porque nos gustaría que los compartiera.
Estas dos formas de proyección pueden confundirse. Cuando imaginamos un futuro con alguien, ¿estamos seguros de construirlo con esa persona? ¿No estamos a veces integrándola en un guión que ya hemos escrito?
Podemos, pues, amar sin proyectarnos. Pero también podemos proyectarnos sin amar de verdad.
Amar y querer construir: ¿es lo mismo?
Amar a alguien designa un sentimiento, o cierta forma de querer su bien. Proyectarse con esa persona implica una decisión: hacerle un lugar en el propio futuro.
Estos dos movimientos pueden ir juntos, pero no siempre es así.
Podemos sentir apego, deseo, admiración o ternura por alguien sin estar dispuestos a modificar nuestra existencia por esa persona. Podemos amar su presencia y a la vez rechazar las limitaciones, las renuncias o las responsabilidades que implicaría una vida en común.
Pero la situación inversa también existe.
Podemos querer construir con alguien porque esa persona nos tranquiliza, nos aporta estabilidad material, corresponde a nuestro entorno social o comparte un proyecto que nos conviene. Podemos desear el matrimonio, la casa, los hijos o cierta seguridad más que a la persona con la que queremos obtenerlos.
En ese caso, quizás no nos proyectamos con el otro, sino con la función que le hacemos ocupar en nuestra vida.
El proyecto común no demuestra, pues, el amor, como tampoco su ausencia demuestra la ausencia de amor.
¿Por qué una persona enamorada a veces no se proyecta?
La ausencia de proyecto puede tener significados muy distintos.
Una persona puede no proyectarse porque acaba de vivir una separación, atraviesa un período inestable o todavía no sabe lo que quiere. Puede temer perder su libertad, sufrir de nuevo o repetir una relación pasada.
También puede apreciar sinceramente la relación sin desear que evolucione. En ese caso, su ausencia de proyección no es necesariamente un miedo que superar. Puede ser una posición asumida.
Es tentador interpretar esta indecisión de la manera que menos nos haga sufrir:
- «Me ama, pero tiene miedo.»
- «Ella acabará por estar preparada.»
- «Con suficiente paciencia, él entenderá que podemos ser felices.»
Estas hipótesis son posibles, pero también corren el riesgo de alimentar una espera que solo se sostiene en nuestro propio deseo.
Entonces surge una pregunta más exigente: ¿escuchamos lo que el otro nos dice, o sustituimos sus palabras por el futuro que esperamos?
Proyectarse sin amar de verdad
El deseo de construir un futuro común puede tener otros motivos distintos del amor.
Podemos comprometernos porque tememos la soledad, porque el tiempo pasa, porque quienes nos rodean esperan que formemos pareja o porque la relación nos aporta una comodidad a la que no queremos renunciar.
También podemos apreciar la vida que el otro hace posible sin amar profundamente a la persona que es.
La proyección se vuelve entonces utilitaria: el otro aparece como la condición de un proyecto personal.
Esta situación no implica necesariamente una manipulación consciente. Podemos creer que amamos cuando en realidad estamos sobre todo apegados a la seguridad, al placer o al estatus que la relación nos procura.
Las tres formas de amistad distinguidas por Aristóteles pueden ayudarnos a examinar esta ambigüedad.
Esta pregunta se relaciona con la que plantea Libérons le sentiment amoureux !, sobre lo que realmente llamamos amar.
Las tres formas de amistad según Aristóteles
En la Ética a Nicómaco, Aristóteles distingue tres formas de amistad según lo que funda el vínculo: la utilidad, el placer y la virtud.
Aunque la amistad y el amor no se confunden del todo, esta distinción permite interrogar lo que buscamos realmente en una relación amorosa.
La relación fundada en la utilidad
En una amistad fundada en la utilidad, apreciamos al otro por lo que nos aporta.
Una relación amorosa también puede apoyarse en la necesidad. El otro ofrece seguridad material, estabilidad afectiva, un lugar social, una organización familiar o una protección contra la soledad.
En este tipo de relación, es perfectamente posible proyectarse muy lejos.
Se puede comprar una vivienda, tener hijos, organizar una vida en común y planear la jubilación sin llegar a interesarse profundamente por la singularidad de la persona con la que se construye.
El proyecto es sólido porque los intereses convergen. Pero ¿qué ocurre con el vínculo cuando el otro deja de responder a la necesidad que lo fundaba?
Si la situación material cambia, si la seguridad desaparece o si uno de los dos ya no cumple la función esperada, la relación corre el riesgo de perder su razón de ser.
Nos habíamos proyectado, pero ¿amábamos a la persona o lo que ella hacía posible?
La relación fundada en lo agradable
En una amistad fundada en el placer, amamos la compañía del otro porque nos resulta agradable.
La relación amorosa puede así construirse en torno al deseo, la seducción, el ocio compartido, la complicidad o la alegría de estar juntos.
Esta forma de vínculo parece quizás menos propicia a la proyección material que la relación fundada en la utilidad. A menudo privilegia la intensidad del presente: estamos bien juntos y eso nos basta.
Pero el placer también puede alimentar un proyecto común. Porque nos sentimos felices con el otro, deseamos prolongar esa experiencia.
La dificultad es que lo que nos gusta puede cambiar. Los gustos evolucionan, el deseo se transforma, la novedad desaparece. Cuando la relación se vuelve menos agradable, ¿qué queda del vínculo?
Quizás amábamos los momentos vividos con esa persona. Pero ¿amábamos a la persona misma, incluso cuando dejaba de agradarnos o de entretenernos?
La relación fundada en la virtud
La tercera forma de amistad es, para Aristóteles, la más lograda. Une a personas que se reconocen y se aprecian mutuamente por lo que son, y que se desean el bien la una a la otra.
Ya no se trata solo de buscar una ventaja o un placer. Cada uno estima al otro por sí mismo.
¿Implica necesariamente una relación así proyectarse en un futuro común?
No forzosamente en el sentido material. Querer el bien de una persona no lleva automáticamente a compartir una vivienda, formar una familia u organizar toda la propia existencia con ella.
Pero esta forma de vínculo contiene quizás otra proyección: no un guión impuesto al otro, sino la voluntad de crecer junto a él.
Cada uno ayuda al otro a desarrollar lo mejor que tiene. Lo anima, pero también puede cuestionarlo, contradecirlo y poner a prueba sus ideas. No busca mantenerlo en el papel que le conviene.
Amar de verdad consistiría entonces menos en decir «sé en qué nos convertiremos» que en poder decir «quiero que seamos más lúcidos, más libres y más capaces de actuar, aunque esa evolución nos transforme».
Este tipo de amor no se limita a tranquilizar. A veces nos enfrenta a lo que preferiríamos no ver. No busca moldear al otro según nuestras expectativas, sino ayudarlo a ser más plenamente él mismo.
¿Sería eso el verdadero amor: una relación en la que cada uno contribuye a hacer crecer al otro, acepta ser cuestionado por él y se niega a encerrarlo en una imagen?
¿Proyectar un futuro o proyectar nuestras expectativas?
Cuando imaginamos una vida en común, es habitual creer que nuestro proyecto es realmente compartido.
Pero ¿lo es?
¿Hemos indagado las motivaciones del otro, o hemos supuesto que deseaba lo mismo que nosotros? ¿Busca el mismo futuro o simplemente acepta participar en el nuestro? ¿A partir de cuándo proponer se convierte en convencer? ¿Y a partir de cuándo convencer se convierte en imponer?
No solo proyectamos un futuro con el otro. También proyectamos sobre él una imagen moldeada por nuestras necesidades.
Porque necesitamos dulzura, lo vemos como una persona dulce. Porque deseamos sentirnos tranquilizados, interpretamos ciertos gestos como la promesa de un compromiso futuro. Porque la relación es importante para nosotros, suponemos que ocupa el mismo lugar en la vida del otro.
La proyección no es necesariamente una mentira voluntaria. A menudo es una manera de completar lo que ignoramos.
Pero se vuelve problemática cuando nos impide mirar la situación presente:
- ¿Qué dice realmente esta persona?
- ¿Qué hace concretamente?
- ¿Sus actos corresponden a sus palabras?
- ¿Esperamos de ella algo que nunca prometió?
- ¿Aceptamos la relación tal como existe, o solo tal como esperamos que llegue a ser?
- ¿Amamos a la persona real o a la que podría llegar a ser en nuestro guión?
A veces estamos más apegados a una posibilidad que a la relación real.
Esta pregunta se relaciona con la que plantea el artículo Faut-il ne rien attendre des autres ?
¿Puede el proyecto común convertirse en un encierro?
Construir un futuro en pareja puede ser la expresión de un amor profundo. También puede convertirse en una forma de dejar de mirar el presente.
El proyecto nos tranquiliza porque le da una forma a la relación. Hablamos de una casa, una boda o un viaje, y estas imágenes parecen demostrar que el vínculo es sólido.
Pero el proyecto puede enmascarar ciertas dificultades.
¿Seguimos sintiendo curiosidad por el otro? ¿Nos dejamos transformar por la relación? ¿O buscamos sobre todo obtener la confirmación de un futuro ya imaginado?
Una pareja puede seguir realizando sus proyectos aun habiendo dejado de encontrarse de verdad. Sus miembros cumplen lo que habían previsto, pero ya no se cuestionan, ya no se sorprenden y ya no se hacen crecer mutuamente.
A la inversa, una relación sin grandes proyectos materiales puede estar profundamente viva si cada uno reconoce al otro, se interesa por lo que llega a ser y acepta dejarse mover por él.
La calidad del amor no se mide, pues, únicamente por la importancia de los proyectos comunes.
Vivir el presente: ¿libertad o evitación?
«Prefiero vivir el día a día» puede expresar una verdadera disponibilidad hacia el presente. Pero esta frase también puede servir para evitar una decisión.
Vivir el presente no significa ignorar las consecuencias futuras de nuestras decisiones. Una relación evoluciona, incluso cuando nadie quiere definirla. El apego crece, las expectativas se precisan y el tiempo invertido cobra más importancia.
Negarse a proyectarse no es, entonces, una posición neutra. También compromete al otro, sobre todo cuando este espera construir una relación duradera.
La duda que acompaña esta elección se relaciona con lo que explora el artículo Engagement, doute et incertitude.
La pregunta ya no es solo: «¿Me ama esta persona?»
También se convierte en: «¿La relación que me propone corresponde a lo que deseo y a lo que puedo vivir sin perderme?»
¿Basta el amor?
A veces confundimos la sinceridad de un sentimiento con la posibilidad de una relación.
Una persona puede amarnos y, aun así, no poder ofrecernos la relación que deseamos. Puede ser honesta en su apego y, a la vez, igual de honesta en su negativa a comprometerse.
A la inversa, una persona puede aceptar construir con nosotros sin sentir ese amor que quiere nuestro bien y nos reconoce por nosotros mismos.
Preferiríamos, en general, una respuesta sencilla: si me ama, se quedará; si se proyecta, es que me ama.
Pero ni la presencia de un proyecto ni su ausencia bastan para revelar la naturaleza del vínculo.
Hay que examinar lo que funda la relación:
- ¿Seguimos juntos porque nos necesitamos el uno al otro?
- ¿Porque sentimos placer al estar juntos?
- ¿Porque queremos sinceramente el bien y el desarrollo del otro?
- ¿Están presentes estas tres dimensiones?
- ¿Cuál predomina cuando la relación atraviesa una dificultad?
El amor no elimina ni los miedos, ni las incompatibilidades, ni las decisiones de vida. Y el proyecto común no garantiza ni el reconocimiento del otro ni el deseo de crecer junto a él.
¿Esperar, construir o renunciar?
Frente a una persona que no se proyecta, a menudo buscamos la decisión correcta: ¿hay que tener paciencia o hay que irse?
Frente a una persona que sí se proyecta, quizás deberíamos preguntarnos con la misma seriedad: ¿por qué quiere construir con nosotros, y por qué queremos construir con ella?
Varias preguntas merecen ser examinadas:
- ¿Qué esperas exactamente de esta relación?
- ¿Conoce el otro claramente tus expectativas?
- ¿Deseas a esta persona o el proyecto que hace posible?
- ¿Ha pedido tiempo o rechaza el principio mismo de un compromiso?
- ¿Te da razones concretas para esperar una evolución?
- ¿Qué os aportáis mutuamente: seguridad, placer, una posibilidad de progresar?
- ¿Podéis contradeciros sin que la relación se vea amenazada de inmediato?
- ¿El otro te ayuda a ser más libre, o te mantiene en el papel que necesita?
- ¿Cuánto tiempo estás dispuesto a permanecer en la incertidumbre?
- ¿Tu espera es una elección asumida o el miedo a perder la relación?
- ¿Aceptarías esta relación si supieras que nunca cambiará?
Esta última pregunta suele ser decisiva.
Si la relación siguiera siendo exactamente como es hoy, ¿todavía querrías vivirla?
Aclarar en lugar de interpretar
Cuando una relación nos inquieta, pasamos mucho tiempo interpretando al otro: sus silencios, sus mensajes, sus dudas y sus contradicciones.
Pero intentar constantemente comprender al otro puede alejarnos de nuestra propia posición.
¿Qué queremos? ¿Qué rechazamos? ¿Qué concesiones estamos dispuestos a hacer? ¿A partir de cuándo nuestra paciencia se convierte en una manera de no decidir? ¿A partir de cuándo nuestro proyecto común se convierte en una manera de evitar preguntarnos si todavía nos amamos?
La filosofía no ofrece una respuesta universal a estas preguntas. Permite poner a prueba las respuestas que nos damos demasiado deprisa.
Nos ayuda a distinguir:
- lo que sabemos de lo que imaginamos;
- el amor de la necesidad;
- el placer de estar juntos de la voluntad del bien del otro;
- el presente de la promesa;
- el proyecto compartido del guión impuesto;
- la aceptación de la resignación;
- el deseo de construir del miedo a estar solo.
Una consulta filosófica para examinar tu relación
Es difícil reflexionar a solas sobre una relación en la que estamos emocionalmente implicados. A menudo volvemos a las mismas interpretaciones, porque ciertas conclusiones nos asustan o contradicen lo que esperamos.
La consulta filosófica ofrece un espacio para examinar tu situación, sin respuestas prefabricadas.
Mediante un cuestionamiento preciso, podemos aclarar lo que esperas, confrontar tus interpretaciones con los hechos e identificar los presupuestos que orientan tu manera de ver la relación.
Podemos examinar, en particular:
- lo que llamas «amar»;
- las razones por las que deseas comprometerte o permanecer libre;
- lo que proyectas sobre el otro;
- la parte de utilidad, de placer y de deseo de progreso en tu relación;
- la diferencia entre la persona real y la que esperas que llegue a ser.
No se trata de decidir en tu lugar si debes quedarte, irte o comprometerte. Se trata de ayudarte a comprender la posición que adoptas y a elegir con más lucidez.
La consulta puede hacerse a solas o en pareja, por videollamada o presencialmente. Las tarifas y modalidades están detalladas en la página de reserva, y varias consultas filmadas permiten ver concretamente cómo se desarrolla.
Este texto prolonga las reflexiones desarrolladas durante un taller filosófico dedicado al amor, la espera y la proyección. Gracias a los participantes por las preguntas y las ideas que alimentaron este trabajo.
PhilomobilePor Laurence Bouchet
Reflexiones
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Estas líneas no pretenden ninguna verdad definitiva: son una propuesta para discutir, prolongar o contradecir. Tus objeciones, preguntas e hipótesis son bienvenidas.