Nos hemos vuelto muy atentos a las injusticias que podemos sufrir, y esta atención va de la mano de una valoración creciente de la sensibilidad. Sentir con fuerza los conflictos, los comentarios o las tensiones pasa fácilmente por una cualidad: sentir más significaría percibir con más finura lo que otros no ven. La figura de «la persona hipersensible», a menudo presentada bajo una luz favorable, es una de las expresiones visibles de esta tendencia.
Es este presupuesto el que propongo examinar. Sentir con más fuerza no significa necesariamente percibir con más acierto. Una sensibilidad aguda puede hacernos atentos a ciertos aspectos de una situación, pero también puede amplificar lo que nos afecta personalmente y dar una importancia desproporcionada a lo que toca nuestra imagen, nuestras expectativas o nuestra necesidad de reconocimiento. La intensidad de lo que sentimos no es una medida de lucidez.
Lo que sentimos como veredicto
Cuanto más herido me siento, más tiendo a considerar que lo que me han hecho es grave; cuanto más humillado me siento, más concluyo que el otro me ha humillado. Sin embargo, la intensidad de mi emoción no mide la gravedad de lo que ha ocurrido: se puede reaccionar con mucha viveza a un comentario anodino y mucho menos a una injusticia más grave.
El problema empieza cuando hacemos de nuestro sufrimiento la prueba de la culpa del otro. Quien sufre se convierte entonces a la vez en juez y parte, y en el instrumento de medida del perjuicio. Lo que se siente ya no es un dato de la experiencia: se convierte en el veredicto. El centro de gravedad del juicio se desplaza de lo que realmente ocurrió hacia el efecto que eso produce en mí. Es en este sentido en el que la sensibilidad puede volverse egocéntrica.
Esta lógica dificulta toda jerarquización de las injusticias. Una contrariedad, una interpretación que nos desagrada, una humillación pública, una discriminación o una violencia acaban describiéndose con el mismo vocabulario de la agresión. Las diferencias objetivas entre las situaciones se borran detrás de su intensidad subjetiva.
Situación, interpretación, emoción
El hecho de que me sienta herido da fe de algo realmente sentido. Pero la realidad de lo que siento no basta para establecer la verdad de la interpretación que lo acompaña.
Podemos distinguir tres niveles que tendemos a confundir: la situación misma, es decir, lo que se dijo, se hizo o se omitió, en la medida en que pueda establecerse; la interpretación que hacemos de ella, cuando atribuimos una intención o un significado a lo ocurrido; y, por último, la emoción suscitada por esa interpretación. Estos niveles están relacionados, pero no se confunden. Una emoción puede ser muy fuerte aunque la interpretación sea errónea; a la inversa, se puede sufrir una injusticia real sin sentir una emoción intensa.
E incluso cuando la injusticia es real, la emoción no dicta la respuesta. Si alguien me insulta, puedo insultarlo a mi vez, preguntarle por qué, marcharme, defenderme o dejarlo pasar. Ser víctima de un acto injusto no confiere ninguna infalibilidad moral en cuanto a la manera de responder a él.
Un error sobre mí no es un ataque contra mí
La dificultad aparece con más claridad aún cuando la injusticia misma es incierta. Por ejemplo, en las formaciones que imparto, ocurre a veces que una persona se presenta insistiendo en sus títulos, sus cargos o su experiencia. Puedo proponerle una hipótesis: «Parece importante para usted mostrar su legitimidad. Podría verse en ello una búsqueda de reconocimiento». Esta interpretación puede ser acertada o errónea. La persona puede responder que esa no era su intención, y podemos examinar juntos por qué eligió presentar esos elementos y no otros.
Pero ocurre también que la interpretación ya no se discute como falsa: se denuncia como un ataque. La persona se siente encasillada, encerrada, violentada. Sin embargo, una interpretación puede ser errónea y desagradable sin constituir una agresión. Que nos desagrade no nos dice todavía nada sobre su verdad: una interpretación puede ser falsa y desagradable, pero también puede ser verdadera y desagradable. Lo desagradable no es un criterio de verdad.
Confundimos entonces dos planos. En el plano cognitivo, alguien se equivoca sobre mí: me atribuye una intención que no tengo. En el plano afectivo, ese error se vive como si el otro me redujera o me alcanzara en lo más hondo de mi ser. Pero ¿por qué habría de tener tal poder la interpretación ajena? Si alguien se equivoca sobre mí, su error sigue siendo ante todo su error. Puedo rectificarlo, cuestionarlo o dejarlo estar; no modifica lo que soy.
Desde luego, la cosa cambia cuando el otro actúa hacia mí en función de esa interpretación, por ejemplo cuando lo lleva a excluirme, a discriminarme o a acusarme injustamente. Hay que distinguir, pues, la interpretación que el otro se hace de mí y lo que me hace en nombre de esa interpretación.
Paradójicamente, cuanto más exigimos ser comprendidos exactamente como queremos serlo, más dependientes nos volvemos de la mirada ajena. Reivindicamos nuestra autonomía mientras exigimos que el otro confirme la imagen que tenemos de nosotros mismos. Quisiéramos poder decir: «Sé quién soy», añadiendo implícitamente: «pero tú tienes que verme como quiero ser visto». Ahora bien, ese control es imposible. Ante una interpretación que nos desagrada, o bien el otro se equivoca, y su error puede rectificarse o dejarse donde está; o bien toca algo cierto, y el comentario se convierte en una ocasión de reflexión. En ambos casos, una reacción desproporcionada quizá nos informa menos sobre lo que acaba de decirse que sobre nuestra dificultad para soportar una imagen de nosotros mismos que escapa a nuestro control.
Moralizar lo desagradable
Otra dificultad aparece cuando transformamos de inmediato lo desagradable en una falta moral. En lugar de decir que un comentario nos molesta, lo calificamos de agresivo, violento o maltratador. Pasamos de la descripción de nuestro estado interior a una acusación dirigida contra el otro.
Esta moralización presenta una ventaja psicológica: nos dispensa de examinar lo que nos molesta. En cuanto el otro queda designado como el agresor, la pregunta «¿Por qué me afecta tanto?» desaparece. Nuestra emoción deja de ser algo que comprender para convertirse en una prueba de cargo.
No se trata, evidentemente, de concluir que toda acusación de violencia sea una dramatización. Existen violencias, humillaciones e injusticias reales. Precisamente porque existen, importa no designar con las mismas palabras una agresión, una contrariedad y una interpretación que nos desagrada. A fuerza de llamarlo todo violencia, perdemos las distinciones necesarias para pensar la violencia misma.
Menos sensibles a uno mismo, más sensibles al mundo
La práctica filosófica puede trabajar contra esta inflación del yo. No pretende suprimir las emociones, sino hacernos menos sensibles a lo que toca nuestra imagen, nuestro estatus o nuestra necesidad de ser comprendidos. Nos entrena para soportar que una interpretación pueda ser acertada sin que ello constituya una humillación, y errónea sin que el error del otro se convierta en una agresión. Filosofar implica, en este sentido, una forma de desensibilización respecto de uno mismo.
Aprender a filosofar es también aprender a soportar no ser comprendidos exactamente como desearíamos. Esta capacidad de dejar que el otro se equivoque sin intentar recuperar el control de su mirada libera una parte considerable de nuestra atención: dejamos de estar constantemente ocupados en defender nuestra imagen.
Quizá sea uno de los efectos más interesantes de la práctica filosófica: volverse menos sensible a uno mismo para volverse más sensible al mundo. Ser menos sensible a uno mismo no significa volverse menos sensible a las injusticias; podría ser incluso lo contrario. Cuando cada contrariedad personal ya no acapara toda nuestra atención, nos volvemos capaces de mirar lo que ocurre independientemente de nosotros y de reconocer injusticias de las que no somos nosotros mismos las víctimas. Pero esta sensibilidad a las injusticias que sufren los demás debe a su vez examinarse, porque todavía puede ser una manera de tomarse a uno mismo como medida. A veces creemos sentirnos afectados por lo que vive el otro cuando en realidad reaccionamos sobre todo a lo que imaginamos que sentiríamos en su lugar. Podemos incluso indignarnos por alguien que no se considera perjudicado. Ser sensible a lo que vive el otro no consiste, pues, en proyectar sobre él nuestra propia emoción, sino en suspenderla lo suficiente como para intentar comprender su experiencia.
Educar nuestra sensibilidad ante la injusticia
La sensibilidad ante la injusticia no necesita, pues, ser exaltada todavía más; necesita ser educada. No se trata de estar menos atentos a las injusticias reales, sino de llegar a ser capaces de distinguirlas mejor de lo que simplemente hiere nuestra imagen, nuestras expectativas, nuestras proyecciones o nuestro deseo de ser comprendidos.
Una emoción nos indica que algo ocurre en nosotros, sin decirnos todavía qué es lo que, en la situación, lo explica. Puede responder a una injusticia, pero también a una expectativa defraudada, a una dependencia de la mirada ajena, a una proyección o a una dificultad para soportar la contradicción. Se trata de aprender a plantear simultáneamente dos preguntas: «¿Es realmente injusto?» y «¿Por qué me afecta tanto?». La primera nos obliga a salir de nosotros mismos para examinar la situación; la segunda, a mirar lo que nuestra reacción revela de nuestras expectativas y de la imagen que tenemos de nosotros mismos.
La emoción puede entonces enseñarnos algo sobre la situación, pero también sobre quien la siente. Deja de ser un veredicto para convertirse en un objeto de examen.
PhilomobilePor Laurence Bouchet
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