Aquel día abrí el taller de filosofía para adultos con una advertencia: participar en un espacio así es aceptar verse a uno mismo, a veces bajo una luz incómoda. No se trata solo de discutir ideas abstractas y teóricas, sino de atreverse a confrontarse consigo mismo, con las propias contradicciones y con lo que una mirada exterior puede revelar.
Por eso establezco un marco exigente en los talleres de filosofía: no precipitarse a hablar, reflexionar, levantar la mano antes de hablar para tomarse el tiempo de pensar, escuchar a los demás, renunciar a la propia «agenda», es decir, a las ganas irreprimibles de llevar la conversación hacia uno mismo. Estas reglas buscan conducir a una verdadera postura filosófica: la atención, la paciencia, la disponibilidad.
Y ayer, como a veces ocurre, desde los primeros minutos surgió una tensión con una participante que se sintió juzgada porque señalé que no había aplicado la regla del juego. Desde mi punto de vista era interesante observarlo, porque revelaba en ella cierta precipitación, de la que quizá no era muy consciente, pero que ahora podía tomarse el tiempo de examinar. Es una pena: ella no lo vio así. Consideró que se trataba de un juicio fuera de lugar por mi parte, nada más. Pensó que yo emitía sobre ella un juicio moralizante, algo inaceptable a sus ojos. En cierto modo, juzgó mi juicio, y de paso a mi persona.
Es cierto que yo observaba y nombraba lo que veía, pero no se trataba de rebajar ni de condenar. Sin embargo, esa fue la interpretación que ella retuvo. También es cierto que una opinión muy extendida en nuestra época rechaza el juicio. A menudo se oye que no hay que juzgar.
La consecuencia es que con demasiada frecuencia nos sentimos encerrados en un juicio, cuando quizá esa no sea la intención de la persona que nos observa. También podemos elegir sentirnos iluminados por esa observación, porque no es fácil observarse a uno mismo, y el otro puede ayudarnos gracias a su distancia.
Ese momento se convirtió en un ejemplo vivo del tema del taller: ¿por qué a veces estamos en contradicción con lo que sabemos que es bueno para nosotros? ¿Por qué nos resistimos a marcos que, sin embargo, hemos elegido o aceptado? ¿Por qué decimos que queremos filosofar y a la vez rechazamos lo que eso implica?
La pregunta resonó con la experiencia de todos. Los participantes propusieron entonces ejemplos corrientes de incoherencia entre lo que decimos y lo que hacemos: militantes anticapitalistas que consumen los productos del capitalismo; políticos o sindicalistas que defienden el feminismo mientras son culpables de violencia doméstica; padres que abogan por una educación sin pantallas pero que acaban encendiendo la televisión para tener un poco de paz; o ecologistas convencidos que, aun así, toman el coche o el avión por comodidad.
Entonces, ¿por qué no vivimos de acuerdo con los valores que proclamamos?
Ante estas contradicciones surgieron varias hipótesis:
1. La jerarquía de valores: Patrick propuso la idea de que a menudo nos atraviesan valores que compiten entre sí. Sabemos lo que «deberíamos» hacer, pero otra prioridad se impone. No se trata necesariamente de hipocresía, sino de arbitrajes inconscientes.
2. La búsqueda de excusas: nos contamos historias para justificar la distancia entre nuestras palabras y nuestros actos. Esas justificaciones nos evitan sentir la vergüenza o la culpa de la incoherencia. No somos coherentes porque queremos creernos fieles a nuestros valores, lo cual es halagador, pero la realidad a veces es muy distinta.
3. La frustración: ser coherente implica a menudo renunciar a un placer, a una comodidad o a un hábito. Hay que hacer un esfuerzo sobre uno mismo. Eso exige una capacidad de tolerar la frustración que no siempre tenemos.
4. La disociación entre pensamiento y acción: Cyril, uno de los participantes, propuso que el pensamiento y la acción son dos esferas distintas, regidas por lógicas diferentes. Pensar es soñarse; actuar es enfrentarse a lo real. Podemos tener ideales muy elevados y ceder en la acción, por cansancio o debilidad.
5. El peso del grupo: la mirada de los demás influye mucho en nuestras elecciones. A veces es más difícil asumir los propios valores ante un grupo que no los comparte; de ahí los compromisos, e incluso las renuncias.
6. La falta de humildad: Ghislaine propuso que reconocer que actuamos mal, o que no estamos a la altura de lo que decimos, es chocar con una imagen idealizada de nosotros mismos. Eso exige lucidez, pero también cierta benevolencia hacia uno mismo, sin la cual la vergüenza nos paraliza.
El papel esencial del otro: Dominique añadió que, solos, es difícil vernos con justeza. A menudo es gracias a la respuesta del otro —benévola o incómoda— como accedemos a cierta verdad sobre nosotros mismos. El taller se convierte entonces en un espejo colectivo, a veces incómodo, pero saludable.
En la conversación se introdujo una distinción importante: hay incoherencias ordinarias, comprensibles y humanas, y otras más problemáticas, casi tóxicas. Las primeras tienen que ver con nuestros límites naturales y nuestras debilidades cotidianas. Las segundas afectan a valores morales fundamentales y a menudo revelan un proceso de negación.
Cuanto más moralizante es el discurso de una persona, más podemos sospechar una necesidad de ocultar una parte oscura de sí misma. Este fenómeno de «proyección» consiste en atribuir a los demás lo que nos negamos a ver en nosotros. Simone Weil veía en esa proyección una de las principales fuentes de la maldad: para ella, el acto malvado es una transferencia sobre el otro de la degradación que llevamos dentro.
El taller concluyó con la idea de que aspirar a la coherencia es una tarea infinita. Nunca se logra del todo, pero es un esfuerzo que vale la pena intentar. No se trata de volverse perfecto, sino de cultivar una lucidez honesta: reconocer las propias desviaciones, comprenderlas, interrogarlas. Esa lucidez pasa por aceptar nuestras contradicciones, ser pacientes con nuestros límites y abrirnos a la mirada benévola de los demás, que pueden ayudarnos a vernos con más justeza. Porque es en esa confrontación serena —y, por qué no, divertida— con la verdad sobre nosotros mismos donde empieza una coherencia más auténtica.
PhilomobilePor Laurence Bouchet
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