El trabajo sobre las actitudes es lo que más desconcierta en la práctica filosófica, porque a menudo incomoda y, como filósofa en la piel de Sócrates, no siempre te hace ganar amigos… y, sin embargo, me parece esencial.
Filosofar no es solo expresarse, ni siquiera simplemente pensar: es pensar lo que uno piensa, tomar distancia de las propias ideas y de uno mismo para observar, cuestionar e incluso criticar lo que se piensa y lo que se hace en un momento dado.
Se trata de aceptar mirar con ojo crítico, porque saldremos ganando en todos los casos: seremos a la vez más flexibles y más firmes. Más flexibles, porque seremos capaces de examinar las cosas desde distintos puntos de vista; más firmes, porque, tras ese examen, sabremos por qué elegimos la idea y el compromiso que elegimos.
Pero esta elección exige TIEMPO, PACIENCIA, HUMILDAD y CONFIANZA.
TIEMPO Y PACIENCIA para escuchar distintos puntos de vista sin aferrarse al propio.
HUMILDAD, porque se trata de admitir que no sabemos, que no tenemos la respuesta enseguida, y que, aunque queramos parecer alguien importante o interesante, quizá parezcamos tontos por no saber qué pensar o por probar una idea que luego podremos criticar por su debilidad.
CONFIANZA para responder a quien hace las preguntas. Confianza para comprender que, aunque esas preguntas puedan ponernos en apuros en cierta medida (porque nos invitan a pensar de otra manera, a comprometernos con una respuesta, a ser claros y, por tanto, a exponernos a las críticas de los demás), tienen sentido.
Confianza, pues, para saber que, aunque nos pongan en apuros, no se trata de un combate en el que corremos el riesgo de perder y en el que habría que ganar; no se trata de esquivar trampas ni oscuras manipulaciones, como a veces imaginan algunos muy desconfiados. En un taller de reflexión filosófica se propone otro juego: el de ponerse a pensar sin tener nada que demostrar. Una postura difícil, porque se trata a la vez de comprometerse y de desapegarse.
«Esto no es filosofía, es psicología», reprochan a veces algunos, como si la psicología fuera algo repugnante. Es cierto que, desde Sócrates y los filósofos de la Antigüedad, la filosofía ha abandonado el trabajo introspectivo del «conócete a ti mismo».
Sin embargo, ¿cómo podemos pensar si nos precipitamos a reaccionar sin tomarnos el tiempo de reflexionar, si queremos demostrar que somos inteligentes, si nos habita el miedo a parecer tontos, si intentamos seducir con un lenguaje bonito, si nos refugiamos en la confusión para no exponernos a la crítica, si no nos posicionamos para proponer una idea, si no escuchamos ni al otro ni a nosotros mismos, si no aceptamos que el otro no esté de acuerdo, si estamos sistemáticamente en desacuerdo sin haber tenido en cuenta lo que dice el otro?
Son actitudes muy corrientes que obstaculizan el pensamiento y que caracterizan, de forma más o menos marcada, lo que hacemos: las posturas en las que todos tendemos a encerrarnos mientras no tomamos conciencia de ellas. La práctica filosófica nos invita a esa toma de conciencia.
Pero en lugar de lamentarse y culpabilizarse por estos comportamientos «humanos, demasiado humanos», en lugar de moralizar, se puede encontrar divertido desbaratarlos tanto en los demás como en uno mismo. Para ello ayudan un poco de humor, de autoironía, una actitud más bien lúdica y ligera, e incluso una mirada estética sobre nuestras actitudes. Entonces la práctica filosófica, aunque nos sacuda un poco, se convierte también en un juego, un juego serio en el que el pensamiento cobra vida entre participantes que se cuestionan y se sorprenden unos a otros con sus ideas.
PhilomobilePor Laurence Bouchet
Reflexiones
Reflexiones
Reflexiones
CONTINUAR EL DIÁLOGO
Tus reflexiones sobre este texto
Estas líneas no pretenden ninguna verdad definitiva: son una propuesta para discutir, prolongar o contradecir. Tus objeciones, preguntas e hipótesis son bienvenidas.