La PhilomobilePhilomobilePor Laurence Bouchet
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Práctica filosófica

La práctica filosófica no es psicología, desarrollo personal ni filosofía académica

La práctica filosófica se distingue a la vez de la psicología, que cura, del desarrollo personal, centrado en el individuo, y de la filosofía académica, confinada a las universidades. Este texto la define como un ejercicio colectivo del pensamiento, practicado en prisiones, residencias de mayores o mercados.

La práctica filosófica no es psicología, desarrollo personal ni filosofía académica

La práctica filosófica, que se desarrolla en Francia y en el mundo desde hace más de veinte años, se distingue de la psicología y del desarrollo personal, con los que a veces se la confunde.

A diferencia de la psicología, no busca curar ni tratar patologías. Allí donde la psicología busca soluciones terapéuticas a través de la palabra y el relato, la práctica filosófica propone ejercitar el pensamiento.

Es para la mente lo que el deporte es para el cuerpo: un ejercicio regular destinado a fortalecer y dar flexibilidad a nuestro pensamiento. No se trata de curar, sino de entrenar la reflexión, de estimular la mente igual que se musculan y flexibilizan el cuerpo.

La práctica filosófica tampoco debe confundirse con el desarrollo personal, generalmente centrado en el individuo. La práctica filosófica integra una dimensión colectiva y social. En los talleres, los participantes aprenden a pensar juntos. No son debates en los que se trata de tener razón, sino espacios de reflexión común donde se exploran ideas e hipótesis, donde se aprende a cambiar de perspectiva y a pensar contra uno mismo.

Además, la práctica filosófica se despliega en lugares inesperados: prisiones, residencias de mayores, mercados, barrios y la calle. A diferencia de la filosofía académica, a menudo confinada a las escuelas y universidades, ocupa el espacio público.

A la manera de Sócrates, los filósofos practicantes interrogan a quienes encuentran en su camino, ya sea una panadera, un carpintero, un peluquero o una universitaria.

No dudan en sacudir las certezas de quienes se refugian tras su saber. En efecto, la inteligencia puede a veces volverse contra sí misma: una persona brillante defenderá a menudo una idea porque le gusta, sin preguntarse por qué le gusta. Justificará sus emociones en lugar de cuestionarlas, lo que puede conducir a la rigidez y la intolerancia. Y sí, a veces la inteligencia nos vuelve tontos.

El filósofo practicante, a semejanza de Sócrates, no se deja impresionar por este tipo de comportamiento. Su papel es revelar esas rigideces y despertar el pensamiento crítico.

La práctica filosófica

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