El pensamiento binario tiene mala fama. Responder sí o no, decidir entre lo verdadero y lo falso, pasa fácilmente por pobre, rígido, casi sospechoso. Preferimos el matiz, la pluralidad de puntos de vista y, sobre todo, la complejidad, palabra que se ha vuelto tan familiar que a veces sirve menos para pensar que para aplazar el momento de concluir. La desconfianza es comprensible: lo real no se deja encerrar en dos casillas. Pero, del hecho de que lo real sea complejo, ¿se sigue que nuestro pensamiento deba serlo de entrada?
Quisiera defender aquí no lo binario por sí mismo, sino aquello a lo que sirve: la determinación. Pensar es también afirmar algo lo bastante preciso como para poder ser examinado, discutido y, llegado el caso, refutado. Lo binario no es más que una de las herramientas de esta exigencia. Vectoriza momentáneamente el pensamiento: en lugar de dejarlo desplegarse en todas las direcciones posibles, le impone un eje sobre el que debe avanzar. Ese eje permite ver algo que, de otro modo, quedaría ahogado en la multiplicidad.
Lo que se le reprocha al élenchos
En mi práctica me inspiro en el élenchos socrático: una manera de preguntar que busca hacer precisar lo que una persona afirma, examinar la coherencia de sus proposiciones y sacar a la luz sus contradicciones. No se trata, pues, de animar a alguien a desarrollar todo lo que se le pasa por la cabeza, sino de invitarlo a detenerse en una idea, a formularla con claridad y a ver después hasta dónde se sostiene. Este enfoque se vive a menudo como una violencia. Cuando pido a alguien que elija entre dos proposiciones, que responda antes de desarrollar o que no desplace de inmediato la pregunta, a veces se me reprocha ser demasiado binaria, reducir el pensamiento o impedir que la persona se exprese.
«Depende»
Hace poco, durante un taller que reunía a una veintena de personas de horizontes diversos —docentes, coaches, psicólogos, hipnoterapeutas—, planteé esta pregunta: ¿quién, en la sala, se reconoce más bien en la necesidad de reflexionar mucho, a riesgo de no actuar? ¿Y quién se lanza con más facilidad a la acción, a riesgo de no reflexionar lo suficiente? Una persona se irritó vivamente, reprochándome lo reductor de mi pregunta y afirmando que no se podía responder así, que todo dependía de las situaciones.
En el fondo, tenía razón. Nadie es de una sola pieza. Uno puede dudar durante meses antes de cambiar de oficio y aceptar una invitación sin pensarlo. Pero la pregunta no preguntaba lo que cada uno era en toda circunstancia; preguntaba hacia qué lado creía cada uno que tendía a inclinarse. Respecto de esa pregunta precisa, «depende» es una respuesta verdadera, pero que no responde. Quien dice «más bien la reflexión» se expone: se le puede preguntar en qué situaciones esa tendencia le impide actuar, qué le cuesta esa prudencia y si a veces no toma por reflexión lo que es temor. Quien responde solo «depende» evita esa puesta a prueba.
Me pregunté entonces si lo que incomodaba se debía solo al carácter binario de la pregunta, o también al hecho de que obligaba a reconocer una tendencia poco halagadora: reflexionar hasta el punto de no actuar, o actuar a veces sin haber reflexionado lo suficiente. El matiz es valioso cuando permite corregir una oposición demasiado burda o introducir una distinción necesaria, pero también se convierte a menudo en una manera de aplazar el momento de tomar posición, añadiendo sin cesar circunstancias, excepciones y reservas. Hay, pues, dos usos del matiz: el que hace un pensamiento más preciso y el que acaba volviéndolo indeterminado.
Aislar para examinar
El problema es antiguo. En el Protágoras de Platón, el sofista acaba de pronunciar un largo discurso en el que muestra, entre otras cosas, que lo bueno varía según los seres y las circunstancias: tal cosa es buena para el hombre y mala para la planta, buena en el exterior del cuerpo y mala en su interior. Sócrates no niega esa diversidad. Simplemente reclama respuestas más breves, para poder aislar una proposición y examinarla. No es, pues, la complejidad del contenido lo que rechaza, sino una forma de discurso en la que varias ideas se suceden sin que ninguna pueda captarse fácilmente para ser puesta a prueba. Sócrates no simplifica lo real; simplifica momentáneamente el objeto del diálogo.
Puede compararse esta exigencia con la práctica de un arte marcial. Un combate real es de una complejidad temible: distancia, equilibrio, ritmo, cansancio, desplazamiento, reacción del adversario. Sin embargo, para aprender, no se empieza reproduciendo toda esa complejidad. Se aísla un gesto, se repite, se busca su precisión y luego se aprende a articularlo con los demás. El practicante sabe perfectamente que el gesto trabajado aisladamente probablemente nunca se presentará con esa forma exacta en una situación real. Eso no vuelve absurdo el ejercicio.
Lo mismo ocurre con el pensamiento. Una pregunta binaria no pretende que los seres humanos se repartan en dos categorías estancas. Puede aislar provisionalmente una tendencia, una oposición o un problema para poder trabajarlo. La reducción metodológica no es, por tanto, una reducción ontológica: simplificar un problema no equivale a afirmar que lo real es simple.
Cuando lo binario se convierte en un falso dilema
Esto no significa que toda alternativa sea legítima. Quien traza la línea divisoria recorta también el espacio de lo pensable. Si el recorte es malo, la persona puede verse obligada a elegir entre dos posiciones, ninguna de las cuales corresponde a lo que considera justo. Lo binario se convierte entonces en un falso dilema. Pero rechazar la alternativa no dispensa de la precisión. Hay que mostrar qué falla en el recorte propuesto, explicar por qué los dos términos no se excluyen o formular otra posición con la misma nitidez. Decir «esta alternativa está mal construida porque…» constituye un pensamiento. Decir solo «es más complejo que eso» no lo es.
La indeterminación disfrazada de complejidad
Es aquí donde cierta vulgata del pensamiento complejo me parece a veces problemática. A fuerza de recordar que todo fenómeno debe situarse en un conjunto de relaciones, se acaba volviendo sospechosa la operación misma que consiste en aislar, distinguir y simplificar. Como si toda reducción provisional constituyera ya una mutilación de lo real. Pero un pensamiento que busca de inmediato relacionarlo todo corre también el riesgo de no determinar ya nada. Para relacionar, primero hay que saber qué se relaciona; para complejizar, primero hay que haber empezado por distinguir.
El problema no es, pues, la complejidad, y menos aún el matiz. El problema es la indeterminación que se hace pasar por complejidad. Un pensamiento rico no es un pensamiento que mantiene indefinidamente abiertas todas las posibilidades; es un pensamiento capaz de determinarse lo suficiente como para poder someterse a la prueba de la objeción. La complejidad de lo real no exige un pensamiento confuso, sino un pensamiento lo bastante claro como para distinguir sus diferentes dimensiones.
PhilomobilePor Laurence Bouchet
Práctica filosófica
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