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Reflexiones

¿Qué hacer con nuestras rumiaciones?

Nutrido de conversaciones con presos, adolescentes y personas cercanas, este texto examina lo que rumiamos —decepciones, injusticias, futuros sombríos— y por qué esos pensamientos en bucle, que nos vuelven ausentes de lo que nos rodea, acaban cansando a quienes se los confiamos. Y por qué no conviene querer librarse de ellos demasiado deprisa.

¿Qué hacer con nuestras rumiaciones?

(Escribí este texto gracias a reflexiones compartidas con presos del centro penitenciario de Besanzón, con amigos en Facebook y en otros lugares, con miembros de mi familia y con adolescentes de un instituto del barrio de Planoise. Todo ello nutrido también de algunas lecturas.

Las ideas no caen del cielo: son el producto de intercambios y de preguntas compartidas, pero también de momentos de diálogo con uno mismo).

Las vacas rumian apaciblemente su forraje; los humanos, menos apacibles, rumian sus pensamientos.

¿Qué tipo de pensamientos rumiamos? Los que están ligados a nuestras experiencias dolorosas: decepciones, injusticias, desgracias. La vida profesional, la vida de pareja y la vida familiar son a veces fuente de pensamientos dolorosos que rumiamos a veces hasta la náusea. Un superior nos ha maltratado o ignorado, nuestro amor nos ha decepcionado, nuestros padres son una carga, nuestros hijos son unos ingratos.

También ocurre que nuestras rumiaciones están ligadas a un futuro que imaginamos sombrío: por ejemplo, pensamos que se está urdiendo un complot mundial o, más cerca de nosotros, sospechamos de las peores intenciones de nuestro entorno. La rumiación puede derivar en paranoia.

Cuando rumiamos por dentro, parecemos ausentes y preocupados. Quien rumia no está presente en lo que ocurre a su alrededor.

A veces compartimos nuestras rumiaciones con los demás; quisiéramos ganarlos para nuestra causa. Pero si tienen otras razones para vivir, u otras rumiaciones propias, a la larga nuestro darle vueltas a lo mismo acaba resultándoles insoportable.

Los pensamientos que rumiamos suelen asaltarnos en los momentos en que nos encontramos a solas con nosotros mismos: momentos de aburrimiento, salas de espera, trayectos en coche, insomnio. Estos pensamientos sombríos se apoderan de nosotros sin que nos demos cuenta. Se imponen y se instalan subrepticiamente, y acabamos dándoles nuestro consentimiento porque les tomamos el gusto.

Existen también rumiaciones colectivas: la rumiación se aferra entonces a un miedo ligado a una causa exterior: los pobres nos van a invadir, los ricos nos quieren mal y nos destruirán. En rebaño, los rumiantes se sienten más fuertes; a veces fundan partidos políticos.

La rumiación procura una mezcla de sufrimiento y de goce. Sufrimiento, porque al volver a pensar en ello reactivamos la injusticia o la decepción que nos hicieron daño; pero también goce, porque, por un lado, ese sufrimiento nos indica que estamos bien vivos (solo los muertos no sufren) y, por otro, a fuerza de darle vueltas nos reafirmamos en la idea de que estamos del lado bueno. Quien sufre atrae la empatía: es la víctima, necesariamente buena, y los demás son los verdugos. Al rumiar, encontramos sin cesar elementos nuevos que refuerzan nuestro punto de vista y nos justifican. Este funcionamiento procura un goce pasivo: nos deleitamos, no tenemos que hacer nada más para existir que denunciar a los malos y mostrar lo buenos que somos. La rumiación deriva entonces en resentimiento.

Si alguien nos propone, para aliviarnos, deshacernos de la fuente exterior de nuestro mal, torcemos el gesto. No vaya a ser que la causa de nuestras preocupaciones se desvanezca, porque la necesitamos para reafirmarnos en lo que somos. O quizá la desaparición de esa fuente exterior del mal nos pondría frente a una fuente más interior que no queremos mirar.

¿Qué harían ciertos rumiantes, partidarios obsesivos de una causa o de un partido político, si de repente desapareciera aquello contra lo que luchan y que los alimenta? ¿En qué ocuparían sus pensamientos? Si los migrantes volvieran a sus países, si los varones blancos se volvieran seres dulces y sensibles, si los radicalizados renunciaran a su estúpida e intransigente mojigatería y a su proselitismo invasor, si los ricos renunciaran a su arrogancia y a su dinero, si las feministas se callaran, si los jóvenes rebeldes de los suburbios sentaran la cabeza… ¿contra quién podríamos luchar para existir? «No me quites el objeto de mi resentimiento», piensa en secreto el rumiante, «o ya no tendré otra razón para vivir». Algunos rumiantes, hermanos enemigos, parecen incluso aliarse entre sí: se proporcionan recíprocamente razones para odiar y, por tanto, para vivir. La rumiación tiene la ventaja de llenar nuestro vacío existencial.

Las rumiaciones, al igual que las secreciones de nuestro cuerpo, tienen algo repugnante cuando se consideran con distancia. Sin distancia, no nos molestan y nos entregamos a ellas de buena gana. Así como no nos incomodan los olores de nuestro cuerpo mientras no pensamos que pueden incomodar a los demás, nuestras rumiaciones no nos molestan, e incluso nos deleitamos con ellas, mientras estamos a solas. Nos procuran una forma de goce de uno mismo. Sin embargo, a la larga, pueden destruir nuestra salud psíquica.

Este aspecto repugnante de la rumiación le da mala fama, y cuando solo produce una digestión patológica, como la paranoia o el resentimiento, no es agradable de ver.

Por eso el desarrollo personal intenta librarnos cuanto antes de esos pensamientos dolorosos que dan vueltas en bucle y podrían amargarnos. Las sesiones de meditación, de atención plena o de atención permiten desengancharse de las rumiaciones y detener su flujo.

Algunos proponen incluso deshacerse de la mente para no ser más que presencia. Pero, además de que eso no es posible a largo plazo, sería una lástima tirar al niño con el agua del baño. Sí, nuestros pensamientos pueden atormentarnos y enfermarnos; pero no, pensar no es una enfermedad. No vamos a cortarnos el pie porque nos hayan salido ampollas al caminar.

Por querer librarse demasiado deprisa de la rumiación, por querer concentrarse en los pensamientos positivos o en la ausencia de pensamiento, corremos el riesgo de pasar por alto lo negativo y la riqueza de las experiencias que procura.

Quien se niega a incorporar lo negativo no digiere, no asimila. Para incorporar lo negativo hay que pasar por un tiempo de rumiación. La rumiación nos permitirá entonces examinar pacientemente y volver a examinar, mirar a pesar de cierto asco, separar el trigo de la paja, digerir lo que debe ser digerido y expulsar el resto.

Con la rumiación no se trata solo de examinar ideas teóricas y abstractas de las que estaríamos ausentes. La rumiación tiene una dimensión existencial. Eso implica que, mientras se desarrolla, nos atraviesan pensamientos que traen consigo emociones: pasamos por la tristeza, la ira, el miedo, la alegría, sin fijarnos definitivamente en ninguna de ellas. Al final de una rumiación sana, sin embargo, es la alegría la que se impone, un afecto que señala el aumento de la potencia de existir, como decía Spinoza.

Es poco a poco, sintiendo emociones, como nuestros pensamientos se incorporan y como sacamos verdaderas lecciones de las experiencias que vivimos. Por ejemplo, sufro porque vivo o trabajo con personas a las que no soporto; no consigo establecer una buena comunicación con ellas. Me duele, no me comprenden. Primero importa sentir ese malestar, tomar conciencia de él. Si me instalara en el pensamiento positivo, diría: «No pasa nada, seamos benévolos, miremos el lado bueno de la vida y todo irá bien». Pero en realidad eso sería ir demasiado deprisa, y no haría más que reprimir lo que me perturba.

En una rumiación sana, puedo examinar las cosas desde distintos ángulos y tomarme el tiempo de mirar más a fondo. «Sufro por esta dificultad de comunicación. Quizá tenga una explicación. Durante mucho tiempo me preocupó mi angustia ante la soledad; iba hacia los demás para huir de mí mismo, no porque me interesaran. O también, mi deseo enfermizo de reconocimiento me impidió estar atento a los demás, a los que convertí más en espectadores que en interlocutores; por eso hoy me cuesta tanto comunicarme con ellos. ¿Y no tienen ellos el mismo tipo de problema? Observemos las cosas de cerca y luego tomemos un poco de distancia». ¿No hay un verdadero placer en rumiar así?

En una rumiación activa que adopta la forma de un diálogo interior, rechazo ciertos pensamientos y conservo otros que me parecen más justos. Luego, a fuerza de rumiar y de digerir, ya ni siquiera necesito pensar en ello: lo que merece ser olvidado lo será. Confiemos también en el proceso: en mí ocurren cosas sin que yo las controle todas.

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Estas líneas no pretenden ninguna verdad definitiva: son una propuesta para discutir, prolongar o contradecir. Tus objeciones, preguntas e hipótesis son bienvenidas.