La PhilomobilePhilomobilePor Laurence Bouchet
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Reflexiones

Salir del victimismo: pensar, liberarse, actuar

Al leer el manuscrito de su amiga Adja Bio Cécile, que relata una infancia marfileña marcada por la miseria sin ceder nunca a la autocompasión, la autora cuestiona, por contraste, nuestra tendencia occidental a encerrarnos en una postura victimista ante pruebas mucho menores, y explora con Spinoza y Sócrates cómo salir de ella.

Salir del victimismo: pensar, liberarse, actuar

Una vida difícil y, sin embargo, lúcida

Acabo de terminar de leer el manuscrito de mi amiga Adja Bio Cécile, en el que habla de una vida objetivamente muy difícil. Nacida hace treinta años en un pequeño pueblo de Costa de Marfil, conoció la miseria, el hambre, los golpes y una forma de esclavitud doméstica cuando solo tenía 8 años. Sin embargo, en su texto no hay patetismo, ni autocompasión, ni queja, sino una palabra lúcida con una gran fuerza vital. Una energía que atraviesa la adversidad sin intentar negarla, pero sin identificarse con ella.

¿Cómo se crece frente a la adversidad? Podría ser la pregunta de su libro, de su vida. ¿Qué permite a algunos salir de ella más fuertes, mientras otros se ahogan?

Por contraste, observo que en nuestra sociedad francesa, occidental, caemos rápidamente en una actitud victimista. Este contraste me interpela. ¿Cómo puede un dolor así transformarse en fuerza en Bio, mientras que entre nosotros pruebas mucho menores bastan a menudo para dejarnos paralizados en la queja?

Nietzsche ya criticaba la postura victimista en la Europa del siglo XIX. No se ha atenuado: se ha extendido por el planeta, se ha amplificado y banalizado.

El problema de la postura victimista

Cuando nos victimizamos, consideramos, con o sin razón, que alguien, un grupo de personas o un sistema nos ha hecho daño, pero en lugar de aprovechar la situación para cuestionarnos, nos encerramos en la interpretación más pasiva que nos viene a la mente.

Podríamos tomarnos el tiempo de preguntarnos: ¿es realmente un mal? ¿Podría verse de otra manera? ¿Lo vería todo el mundo como un mal? ¿Podría considerarse una realidad indiferente, o incluso un bien? Y si, a pesar de todo, podemos considerar que se trata de un mal, ¿qué hacer? ¿Denunciarlo? ¿Quejarse? ¿Convertirlo en una identidad? ¿Reírse de él? ¿Combatirlo?

Pero hay una característica de nuestra época que lleva a precipitar el juicio e impide plantearse estas preguntas: el victimismo.

La tentación del papel de víctima

¿Por qué es tan seductora esta clave de interpretación? Porque nos da el papel bueno. Si el otro es el verdugo, nosotros estamos del lado del Bien, pensamos. Basta con haber sufrido para tener razón. Ya no hace falta pensar, ni dudar, ni siquiera actuar: basta con denunciar.

Esta postura bloquea cualquier transformación. Porque para transformarse, primero hay que salir de la conmoción. Ahora bien, a menudo confundimos adversidad y trauma. Lo que es difícil se etiqueta enseguida como «traumático», y por tanto paralizante. Pero quien dice trauma dice conmoción, y quien dice conmoción dice incapacidad de pensar. La persona se convierte en un mero receptáculo de dolores, un pozo sin fondo de heridas. Ya no busca comprender: reacciona.

Y la reacción suele adoptar dos formas: o nos hundimos (burnout, depresión), o atacamos (reivindicaciones agresivas, denuncias moralizantes).

En ambos casos es una forma de nihilismo: la negación de lo real, vuelta contra uno mismo o contra el otro.

Cómo se mantiene el victimismo

Lo más insidioso es que la postura victimista se retroalimenta. Uno acaba amando su papel de víctima, con el capital moral que le proporciona. Puesto que he sufrido, estoy del lado bueno. El otro se convierte en el inhumano, el bárbaro, el opresor, al que a mi vez puedo odiar, deshumanizar, golpear. Es una lógica binaria, maniquea, perezosa. No busca ni verdad, ni diálogo, ni comprensión: busca tener razón.

También ocurre que esta dinámica adopte la forma de la autoflagelación. En lugar de situarse entre los «buenos», algunos, carcomidos por la culpa o el autodesprecio, se sitúan entre los «malos». Es otra cara del mismo nihilismo impotente: ya no la glorificación de la víctima, sino el odio a uno mismo, que también impide cualquier transformación.

Cuando la denuncia no libera

No se trata aquí de minimizar el dolor. Sí, existen injusticias. Sí, hay que denunciarlas. Pero si no nos tomamos un tiempo para cuestionarnos, la reacción solo empeora el mal y la denuncia no tiene efecto sobre lo que pretendemos combatir.

Porque, como se constata entre otros lugares en las redes sociales, el victimismo hace imposibles el vínculo social y la democracia. Una sociedad que fomenta el victimismo produce una cultura de la denuncia, de la sospecha y de la acusación inmediata. Los intercambios ya no buscan comprender, sino triunfar moralmente. El diálogo desaparece. La democracia, basada en la discusión racional entre ciudadanos libres, se vuelve frágil. Asistimos a una fragmentación social: cada uno defiende su comunidad de víctimas, rechaza al otro como cómplice o verdugo, y el riesgo es que nadie se sienta ya responsable, ni de sí mismo ni de lo colectivo.

¿Qué hacer con el dolor?

Entonces, ¿qué hacemos con el mal vivido, o más bien con el problema observado? ¿Un muro para lamentarse o un trampolín para pensar? ¿Un argumento para acusar o una materia para transformarse? ¿Un sufrimiento para consolarse dentro de la propia comunidad o la ocasión de dar vida a lo colectivo y a la democracia?

Como muestra Bio en su texto, no se nace libre: se aprende a serlo, y es un recorrido largo y hermoso.

Salir de la lógica victimista

Nadie escapa al sufrimiento ni a la injusticia. Un fracaso, una traición, un abandono, una humillación, una acusación infundada, una pérdida dolorosa… Ante estas heridas, es natural sentir pena, ira, a veces incluso desesperación. Pero lo que hace que una experiencia difícil derive en postura victimista no es tanto la gravedad de lo vivido como la manera en que uno se deja encerrar o se libera.

Salir de la lógica victimista es, pues, aprender a mirar el propio sufrimiento de otra manera, sin convertirlo en una identidad fija, sin anclar obsesivamente en él la propia existencia. No es negar lo que se ha sufrido, sino negarse a identificarse por completo con ello y comprender que sufrir no significa estar dañado para siempre, ni da tampoco automáticamente la razón.

Lo que escribo aquí corresponde a un camino exigente. Nadie está a salvo de un derrumbe, de un momento de repliegue o de ira. Salir del victimismo no es una postura que se adopta de una vez por todas, sino un esfuerzo cotidiano. No es un camino fácil, sino un rumbo: el de no dejarse definir por lo que se ha sufrido.

El enfoque spinozista: ver las causas en lugar de alimentar el resentimiento

Spinoza ofrece una vía interesante para salir del odio y del resentimiento. Según él, nada ocurre por azar: todo se deriva necesariamente de la naturaleza de las cosas. Si alguien me hiere, es porque actúa bajo el efecto de sus propios conflictos interiores, sus miedos, sus condicionamientos o su ignorancia.

En el momento en que actúa, obedece a cierta lógica, igual que una teja que cae de un tejado sigue la ley de la gravedad. Podemos sufrir por lo que ocurre, como nos hiere la caída de un objeto, pero nada nos obliga a añadirle la ira impotente, el resentimiento o la venganza. Puede que seamos víctimas, pero nada nos obliga a victimizarnos.

Si intentamos comprender las causas de lo que nos ocurre, si situamos el acontecimiento en una cadena de causas, salimos del registro moralizante para entrar en el de la lucidez. Dejamos de creer que el mundo está contra nosotros. El mundo sigue la ley de la necesidad, ni más ni menos. Y nadie puede actuar de otra manera de como actúa en el momento en que lo hace, dada su historia, sus condicionamientos, sus límites.

Eso libera, porque entonces ya no hacemos depender nuestra paz interior de lo que los demás hacen o no hacen, dicen o no dicen.

Por supuesto, más vale actuar para protegerse, como evitamos caminar bajo un tejado peligroso o nos ponemos un casco para prevenir un golpe. Pero eso no implica odiar: supone comprender.

La realidad no es injusta: es. Y más vale aprender a vivir en ella con lucidez; eso da más libertad y más poder.

La fuerza viene de dentro

Quien cultiva un pensamiento libre, crítico, capaz de matices, ya posee un terreno sólido para resistir la tentación del victimismo. Ha aprendido a buscar causas en lugar de culpables, a examinar los hechos antes de juzgar las intenciones, a dudar también de sus propias certezas.

Sabe que si uno sigue prisionero de lo que ha sufrido, a menudo es por falta de distancia, de perspectiva y de confianza en sí mismo. Ahora bien, quien cultiva un verdadero amor por sí mismo —no una vanidad frágil, sino una estima de su propio valor— no necesita construir su identidad sobre la de la víctima. No necesita reconocimiento exterior para existir, porque ha construido su interioridad.

Preferir la razón al patetismo: el enfoque socrático

En la Apología de Platón, Sócrates es condenado a muerte por acusaciones falsas. Sin embargo, no se sitúa como víctima. No juega con las emociones, no intenta manipular la compasión del jurado haciendo venir a su mujer y a sus hijos. Asume plenamente lo que es, hasta aceptar la condena sin dramatizar; comprende su lógica, aunque la juzgue estrecha.

Lo que produce el victimismo suele estar ligado al dominio de las emociones: sufrimos y queremos que los demás compartan ese sufrimiento. Esperamos que su culpa o su compasión alivien la pena que sentimos. Pero así ponemos nuestro bienestar en manos de otros.

Sócrates elige la razón, el diálogo, el examen de sí mismo. Se pregunta: «¿He corrompido realmente a la juventud? ¿He sido realmente impío?». Buscando la verdad, constata que no tiene nada que reprocharse. Entonces puede mirar la muerte de frente, no como una injusticia insoportable, sino como un dato de la realidad que acepta libremente.

Lo que impide a Sócrates caer en el victimismo es su confianza en la razón, en la verdad, en la autonomía interior. No busca ser consolado por la compasión ni tranquilizarse acusando. Asume su propia existencia y su misión de filosofar. No intenta demostrar a toda costa que tiene razón, sino que sigue pensando, buscando, dialogando.

Actuar colectivamente

Salir del victimismo no es solo liberarse uno mismo, es también actuar por los demás. En cierto modo, es lo que hizo Sócrates al mostrar un camino a la humanidad.

Se trata de transformar la propia experiencia de sufrimiento en una fuerza capaz de servir a una causa común. Podemos pensar también en Louise Michel, figura del feminismo y de la Comuna de París. Víctima de la represión, exiliada, deportada, transformó su sufrimiento en lucha política, en compromiso con la justicia social y la igualdad.

Su ejemplo muestra que se puede salir de la lógica victimista no aislándose, sino volviéndose hacia los demás y defendiendo ideales más grandes que uno mismo.

Cultivar recursos interiores

Todo esto supone, por supuesto, disponer de ciertos recursos interiores. Estos pueden cultivarse:

  • La gratitud: saber ver lo que va bien, lo que se tiene, lo que todavía se puede hacer. Cuando algo nos hace daño, no significa que todo vaya mal.
  • La educación en la resiliencia: enseñar a los niños, desde muy pequeños, a atravesar las dificultades sin convertirlas en traumas insuperables.
  • La vuelta a la palabra verdadera: expresar el propio dolor sin convertirlo en identidad, sin dramatizar ni manipular.
  • Las actividades exigentes: deporte, arte, escritura… que muestran que se puede actuar a pesar del dolor.
  • Tener un ideal: un proyecto artístico, un compromiso social, una búsqueda espiritual… todo lo que da un horizonte, un objetivo, una dirección.

Quizá hayas reconocido algunas de tus propias reacciones. Pero ¿las has puesto realmente a prueba?

Comprender que uno se encierra en una lógica victimista es un primer paso. Salir de ella es otro. Exige mirar de cerca las propias ideas, ver qué las sostiene y, a veces, enfrentarse a lo que uno prefiere evitar.

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Tus reflexiones sobre este texto

Estas líneas no pretenden ninguna verdad definitiva: son una propuesta para discutir, prolongar o contradecir. Tus objeciones, preguntas e hipótesis son bienvenidas.